Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

La tentación cesarista

La república romana nació en el año 509 a.C, cuando los patricios expulsaron a Tarquinio el Soberbio. Crearon entonces un sistema pensado para que nadie concentrara demasiado poder. El Senado, las magistraturas colegiadas y anuales, los comicios, los tribunos de la plebe, todo un andamiaje que funcionó durante más de tres siglos y que empezó a resquebrajarse en el año 133 a.C con la muerte de Tiberio Sempronio Graco a manos de un grupo de senadores. A aquello le sucedió un siglo largo de convulsiones que concluyó con un solo hombre que reinstauró la monarquía aunque manteniendo los ropajes de la república.

Comparar la república romana con nuestras democracias liberales es arriesgado, pero a la vez irresistible. Roma no era una democracia moderna, era una oligarquía con fachada popular, sin partidos ni sufragio universal y sostenida sobre esclavos. Pero en aquellos hombres reconocemos gestos, formas y vicios que nos suenan mucho. La polarización que envenena el debate, el líder que se presenta como encarnación del pueblo, la violencia política y la erosión silenciosa de las instituciones.

A partir de un punto los optimates y populares dejaron de ser tendencias para convertirse en ejércitos morales que veían en el adversario a un enemigo que debía ser destruido. Cuando las instituciones se agrietan aparece el hombre providencial. Mario fue cónsul siete veces y privatizó de hecho el ejército al vincular a los soldados con el general que les prometía tierras. Sila marchó sobre Roma en el año 88 a.C e inauguró las proscripciones. Después llegaron Pompeyo y César, todos ellos salvadores del caos que ellos mismos habían ido creando.

Las instituciones seguían existiendo, pero cada vez más vacías por dentro. El Senado fue perdiendo su autoridad, los comicios se manipulaban, las magistraturas caían siempre en los mismos, las conquistas territoriales hacían ricos a unos romanos, pero a otros les empobrecían. Todo convergía en un punto, la pérdida de fe en el sistema. Agotados de guerras civiles y corrupción, los romanos aceptaron con alivio la paz que ofrecía Augusto a cambio de sumisión, una monarquía disfrazada de república restaurada. Nadie quiso destruir la república, todos decían actuar en su nombre, pero entre todos la desmontaron pieza a pieza.

De ahí podemos extraer algunas lecciones muy valiosas. Las democracias rara vez mueren de un golpe seco. Mueren por acumulación de decisiones tomadas por gente convencida de tener razón, generalmente con mucho apoyo popular. La historia no se repite, pero rima, nosotros tenemos el precedente que a los romanos les faltó.

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