Israel elige Parlamento a finales de este mes en unas elecciones que muchos consideran las más importantes de su historia. Son las primeras desde la matanza de Hamás de octubre de 2023 y las guerras que la siguieron en Gaza, el Líbano e Irán. En la práctica constituyen algo parecido a un referéndum sobre Benjamín Netanyahu. En última instancia lo que está en juego es si Israel seguirá siendo una democracia liberal o derivará hacia un régimen autoritario impregnado de judaísmo ortodoxo.
Netanyahu volvió al poder a finales de 2022 aliado con la extrema derecha y los ultraortodoxos. Su Gobierno se propuso domesticar a los jueces, dar más peso a la religión, volcar recursos en los colonos de Cisjordania y blindar la exención militar de la comunidad jaredí. La reforma judicial quedó a medias, pero no se ha abandonado. Una victoria Netanyahu la interpretaría como un aval para culminarla.
Las encuestas nos muestran un empate entre dos partidos, el Likud de Netanyahu y Yashar, un partido fundado hace solo un año por Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor. Rondan los 20 escaños cada uno para una cámara de 120 diputados. En Israel el parlamento está muy fragmentado, por lo que hay fijarse en los bloques más que en los partidos. Ninguno de los dos grandes bloques alcanza la mayoría absoluta de 61 escaños. Entre ambos quedan los partidos árabes, que son los que desharían el empate. La mayoría de los indecisos duda dentro de su propio bloque, no entre bloques porque en buena medida la política israelí se ha vuelto tribal. Esa es la gran baza de Netanyahu, cuyos socios permanecen unidos mientras la oposición carece de un candidato común claramente reconocible.
Eisenkot atrae a votantes de derecha y de centro gracias a su prestigio militar, a su origen humilde y a haber perdido a un hijo en Gaza. Su debilidad es que buena parte de ese apoyo procede de la derecha moderada, que podría volver al Likud. La lista de Naftali Bennett y Yair Lapid, dos candidatos con mucho predicamento, no termina de despegar.
El verdadero dilema es la cuestión árabe. Los árabes son una quinta parte de la población y sus partidos resultan imprescindibles para una mayoría alternativa, pero casi toda la oposición se niega a gobernar con ellos. El Likud está explotando esto y ha empujado a Eisenkot a endurecer su discurso. Mansur Abbas, líder de Ra’am y único dirigente árabe que apoyó al Gobierno de Bennett en 2021, trata hacerse aceptable con un antiguo general de policía judío como número dos y un programa centrado en la delincuencia, que preocupa a sus votantes mucho más que la causa palestina.
La seguridad nacional pesará menos de lo esperado. Aun así, crece la sospecha de que Netanyahu podría alentar una crisis, sobre todo en Cisjordania, donde la violencia de los colonos está fuera de control. A ello se suma una campaña llena de contenidos generados con inteligencia artificial que nadie sabe cómo frenar. Una victoria opositora traería cambios reales pero limitados. Para Netanyahu, en cambio, perder supondría el final de su carrera, una investigación independiente sobre el ataque de Hamás y más dificultades para esquivar su juicio por corrupción. Todo se decidirá por muy pocos escaños.
Contenido:
0:00 Introducción
3:57 Unas elecciones históricas
13:02 Empate en las encuestas
23:53 “La ContraHistoria del mundo”
25:30 Los árabes israelíes
40:09 ¿Hay democracia en España?
50:33 Acampada en Sol

