La estrategia militar de Irán descansa desde hace demasiados años sobre una apuesta un tanto arriesgada: la creencia de que puede controlar cualquier espiral de escalada bélica. Durante casi medio siglo ese cálculo le ha resultado rentable. Desde la toma de rehenes en la embajada estadounidense de Teherán en 1979 hasta la financiación de grupos armados en toda la región, las acciones del régimen nunca habían provocado una respuesta verdaderamente contundente. Hasta ahora.
En sus enfrentamientos recientes con Estados Unidos, Irán siempre había optado por una violencia dosificada y de carácter simbólico. Tras el asesinato del general Soleimani en 2020, respondieron con un ataque muy comedido con misiles que, no por casualidad, no causaron víctimas mortales entre los estadounidenses. Igual de calculada fue su respuesta a la Operación “Midnight Hammer” del pasado mes de junio, cuando atacaron la base aérea de Al Udeid en Qatar con el cuidado de no causar daños importantes. El mensaje siempre importaba más que el resultado.
Esta vez Irán ha apostado por una estrategia de escalar para luego desescalar que amenaza con volverse en su contra. No solo ha atacado objetivos israelíes y estadounidenses, sino también a países del Golfo con los que mantenía relaciones relativamente cordiales como Omán, Catar o Turquía. Ha ampliado además sus blancos más allá de los objetivos militares para dañar infraestructuras petrolíferas, hoteles y aeropuertos. La lógica iraní es que castigar a los aliados de EEUU presionará a Trump para poner fin a la guerra. Esto es algo que la historia se empeña en desmentir.
En 1991 Sadam Husein lanzó misiles Scud contra Israel con la esperanza de romper la coalición liderada por Estados Unidos. No lo consiguió. Más recientemente, las amenazas nucleares de Rusia y sus operaciones encubiertas en Europa no han conseguido detener el apoyo occidental a Ucrania, todo lo contrario, lo han reforzado. La escalada como instrumento de coerción diplomática tiende, sistemáticamente, a producir el efecto contrario al buscado.
Las debilidades estructurales de Irán agravan el problema. Su arsenal de misiles, estimado entre 3.000 y 4.000 unidades, puede parecer imponente, pero en un conflicto de alta intensidad se agotaría en menos de dos meses. Su aviación de combate está formada por reliquias como los F-4 de los años sesenta y F-14 de los setenta. Su economía, castigada por una inflación cercana al 50% y un rial que ha perdido el 90% de su valor, difícilmente puede sostener una guerra prolongada. Los expertos más prudentes estiman que Irán podría mantener una guerra convencional al máximo de sus posibilidades durante solo mes y medio.
Entretanto, los países atacados, desde Arabia Saudí hasta los Emiratos, tienen más razones para sumarse a la coalición contra Irán que para presionar por un alto el fuego. Y ni Trump ni Netanyahu, ambos con dos elecciones este mismo año, parecen dispuestos a dar marcha atrás.
Incluso si el régimen sobreviviese, saldría de esta guerra más pobre, más aislado y más debilitado que nunca. Como dijo el almirante Yamamoto tras el ataque a Pearl Harbor, Irán corre el riesgo de haber despertado a varios gigantes a la vez, pero sin la potencia industrial que tenía Japón en 1941 para apechugar con las consecuencias.
En La ContraRéplica:
3:58 ¿A quién beneficia la escalada?
35:12 Boomers contra zoomers
40:43 El IQ




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