El martes por la noche todo el mundo se había puesto en lo peor, pero amaneció el miércoles con una reconfortante tregua. Por la mañana Trump amenazaba en mayúsculas en Truth Social con que una civilización entera moriría esa noche si Irán no abría el estrecho antes de las ocho, hora de la costa este. Doce horas para evitar el apocalipsis. Por la noche, el mismo Trump daba marcha atrás y anunciaba, también en mayúsculas, un alto el fuego de dos semanas con Irán, describiendo incluso el plan iraní de diez puntos como «una base viable para negociar». Entre medias hubo una llamada del primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif pidiéndole contención.
Al final, todo termina donde había empezado, en torno al estrecho de Ormuz. Los iraníes, sin armada tras los bombardeos, no lo cerraron formalmente, pero bastó con que las aseguradoras marítimas dejaran de cubrir daños de guerra para que el tráfico se evaporase. La Guardia Revolucionaria descubrió entonces un negocio redondo, el de cobrar a los navieros, algunos hasta dos millones de dólares llegaron a pagar para poder meter su barco. La idea acabó en el parlamento iraní donde han estado debatiendo formalizar esa «tasa de tránsito».
Trump tuvo que rendirse a la evidencia. Con el Brent rozando los 120 dólares, los estadounidenses protestando por el precio de la gasolina, apenas un 30% apoyando la guerra y una cumbre pendiente con Xi Jinping que se celebrará el próximo 14 de mayo, sostener el pulso era contraproducente. Además, los saudíes y los emiratíes temían que Irán atacase sus plantas desalinizadoras y sus propias instalaciones petrolíferas. Las negociaciones comenzarán este viernes en Islamabad, con Pakistán como anfitrión y mediador.
El plan que los iraníes han puesto sobre la mesa es ambicioso y de máximos. Piden la total retirada estadounidense de Oriente Medio, el fin de las sanciones, su derecho a enriquecer uranio, compensaciones de guerra, control del estrecho de Ormuz y alto el fuego en el Líbano. Pero el punto verdaderamente conflictivo es es Ormuz. Aunque la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece para este estrecho un régimen de «paso en tránsito», Irán, que firmó pero nunca ratificó el tratado, sostiene que solo reconoce el «paso inocente». Si lograra cobrar medio millón por buque sobre los 2.600 tránsitos mensuales, ingresaría 18.000 millones anuales, más del doble que Egipto con el canal de Suez.
Si se salen con la suya tendrán que escoger la divisa en la que se realizan los pagos. Cobrar en yuanes le convertiría en satélite de China, cobrar en dólares reforzaría curiosamente el petrodólar en su peor momento, algo que Trump, un mercantilista convencido, probablemente compraría. El problema son los vecinos árabes, que verían formalizada la autoridad iraní sobre Ormuz, toda una provocación después de pasar muchos años construyendo alianzas precisamente para no depender de los ayatolás.
Pero queda el elefante en la habitación, los más de 400 kilos de uranio enriquecido que, pese a los bombardeos, Irán sigue conservando. Si la negociación fracasa, la tentación de correr hacia la bomba atómica será irresistible, y Netanyahu, que ya ha tenido que tragarse una tregua que no pidió y de la que le informaron tarde, no se quedará quieto. Los mercados celebraron el anuncio con el Brent cayendo a plomo, pero dos semanas de paz no deshacen seis de guerra. Quedan dos incógnitas. La primera si los ayatolás sabrán ver la oportunidad histórica que tienen entre manos, y la segunda si Trump tendrá la paciencia que todo lo relacionadlo con Oriente Medio siempre exige y que él rara vez ofrece.
En La ContraRéplica:
- 32:41 Los motivos de la guerra
- 40:09 El origen de la conspiranoia
- 47:21 El caso de Noelia Castillo




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