El espejismo iraní

Estados Unidos e Israel llevan un mes en guerra contra Irán y el balance es, como mínimo, cuestionable. En lo estrictamente militar la coalición ha tenido éxito. El ayatolá Jamenei ha muerto, buena parte de la cúpula del régimen ha sido eliminada, la fuerza aérea y la armada iraníes están destruidas, el programa nuclear ha sufrido un duro golpe y Hezbolá está diezmado. Sobre el papel, una victoria aplastante. Pero la guerra no se libra solo sobre el papel.

El problema es que Trump prometió una operación rápida y limpia, al estilo de la captura de Maduro en Venezuela. Pero Irán no es Venezuela. Es un país de 90 millones de habitantes, montañoso, con unas fuerzas armadas preparadas durante décadas para exactamente este escenario. Su estrategia siempre fue la de absorber el castigo y hacer que la guerra resultase tan costosa que el enemigo acabase buscando la salida.

El as en la manga de los iraníes tiene nombre propio, el del estrecho de Ormuz. Por ese cuello de botella pasa una quinta parte del crudo que se consume en todo el mundo, un 20% del gas natural licuado, un tercio del helio y otro tercio de los fertilizantes. Irán ha conseguido cerrar prácticamente esa vía y las consecuencias ya se sienten con dureza. El combustible de aviación ha subido un 120%, el barril Brent un 87% y el gas natural en Europa más de un 70%. Si el bloqueo se prolonga, a la crisis energética se sumarán una crisis alimentaria y otra tecnológica. Irán no necesita hundir portaaviones, le basta con estrangular el comercio mundial.

Las consecuencias no previstas se acumulan. Para frenar el ascenso de los precios del petróleo, la Casa Blanca ha levantado las sanciones a Irán y Rusia, por lo que ambos países ingresan ahora más que antes de la guerra. El Kremlin se embolsa 150 millones de dólares extra al día, un dinero que irá directo al frente ucraniano. China, entretanto, toma nota de la velocidad a la que Estados Unidos agota sus interceptores de misiles. Los aliados de la OTAN brillan por su ausencia y la relación transatlántica está más dañada que nunca.

Hay además una ironía un tanto cruel. Antes de la guerra el régimen iraní se encontraba ante una crisis de legitimidad interna, pero la agresión exterior ha reorganizado las prioridades políticas del país. El nacionalismo y la épica de la resistencia ocupa ahora el espacio que hasta hace dos meses ocupaba la disidencia. Los bombardeos, en definitiva, están consiguiendo lo que la propaganda del régimen no lograba desde hace décadas.

Ante la incapacidad de forzar una rendición desde el aire, Trump baraja enviar tropas terrestres a las islas del estrecho. Eso cambiaría radicalmente la naturaleza del conflicto y podría desencadenar una escalada incontrolable con los hutíes, que podrían cerrar el acceso al mar Rojo. En el Congreso, incluso los representantes republicanos se oponen ya al envío de tropas.

Si la guerra terminase mañana Trump podría decir que ha acabado con la cúpula dirigente, que ya ha sido reemplazada, y que ha destruido instalaciones militares que Irán puede reconstruir en unos meses. Pero si algo dejaría es la completa certidumbre de que la mejor garantía de seguridad para los ayatolás es una bomba atómica. Trump, que hizo bandera denunciando las guerras interminables en Oriente Medio de sus predecesores, se ha empantanado en exactamente eso.

En La ContraRéplica:

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  • 44:51 El caso Noelia Castillo en los medios
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