Este fin de semana Estados Unidos e Israel pusieron en marcha la Operación Furia Épica, una ofensiva conjunta consistente en ataques aéreos contra Irán. Los bombardeos han destruido instalaciones militares y han alcanzado también objetivos de altísimo valor político como el parlamento y la sede del poder judicial. El hecho más trascendental hasta el momento es la muerte confirmada del líder supremo, Alí Jamenei, algo que, al menos temporalmente, descabeza al régimen de los ayatolás. Su gobierno respondió de inmediato con ataques sobre Israel y bases estadounidenses en el golfo Pérsico. Calificó la operación como una declaración de guerra total contra el mundo islámico, lo cual no ha sido obstáculo para que los ataques iraníes se hayan extendido a países como los Emiratos Árabes Unidos, Catar o Jordania.
Donald Trump ha justificado la operación como un acto de defensa propia tras décadas de hostilidad iraní hacia ellos. A través de un mensaje grabado en vídeo, el presidente acusó al régimen de derramar sangre estadounidense y de oprimir a su propio pueblo. Prometió que esta operación destruirá definitivamente el programa nuclear iraní y su capacidad de financiar milicias terroristas. Trump se ha puesto a sí mismo el listón muy alto ya que pidió también que el pueblo iraní se rebele y tome las riendas del gobierno, algo que no depende de él y que es mucho más difícil.
Que se consigan todos los objetivos que se han propuesto es complicado, al menos a corto plazo. Irán es un país inmenso y de una endemoniada orografía, lo que hace inviable una campaña terrestre que por ahora ni siquiera se ha planteado. Además, el programa nuclear iraní está distribuido por todo el país, lo que dificulta su eliminación completa sin la presencia de tropas sobre el terreno. El régimen, aunque debilitado, podría sobrevivir si logra reorganizar su cúpula de mando, especialmente si la Guardia Revolucionaria mantiene su cohesión interna.
El riesgo de una escalada regional es obvio. Si Irán se siente acorralado, podría recurrir a tácticas desesperadas como el uso de minas navales en el estrecho de Ormuz para bloquear el suministro mundial de petróleo o la activación de redes terroristas en el extranjero. No obstante, estas acciones podrían volverse en su contra ya que eso afectaría a socios comerciales como China, también uniría a la opinión pública occidental a favor de la guerra. La llamada a la insurrección dentro de Irán es también arriesgada. Sin armas ni organización, los manifestantes podrían enfrentarse a una masacre.
En última instancia, el éxito de esta operación dependerá de factores que aún son una incógnita. No está claro quién tomaría el poder si el régimen colapsa. El vacío podría derivar en una guerra civil o en el ascenso de una dictadura militar tan hostil hacia Occidente como el régimen de Jamenei. En Estados Unidos el apoyo a esta guerra es frágil y depende de que la operación sea rápida y sin bajas. El conflicto evoluciona con las horas y nadie sabe muy bien cuál será el escenario a solo una semana vista.
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Los «malpensados» hablan de que todo dependerá del rumbo que tome el caso Epstein… Cuanto más impliquen a Trump màs intentará desviar la atención… ¿Y qué mejor que una guerra?