Hay un viejo dicho militar que dice que los aficionados hablan de táctica, los profesionales de logística y los estrategas de geografía. Y la geografía no se negocia ni se reforma. Está ahí, es inmutable. Eso es exactamente lo que convierte a Irán en una pesadilla para cualquier planificador militar que se atreva a pensar en una invasión terrestre.
Estados Unidos e Israel consiguieron hacerse con el dominio del aire en apenas unas horas. La marina iraní ha sido prácticamente aniquilada, la capacidad de lanzamiento de misiles balísticos se ha reducido sensiblemente desde el principio de la guerra y las defensas antiaéreas están prácticamente desmanteladas. Pero Irán no se ha rendido. Sigue lanzando oleadas de misiles y drones contra Israel, contra bases estadounidenses y contra sus vecinos del Golfo. Ha cerrado además el estrecho de Ormuz al tráfico internacional y existe el riesgo de que se cierre también el mar Rojo.
Esto ha puesto sobre la mesa meter tropas en suelo iraní, algo que nunca se plantearon en Washington. Ahora se prepara para esa posibilidad. Entre portaaviones, marines, paracaidistas de la 82.ª Aerotransportada, Rangers y fuerzas de operaciones especiales, hay entre 6.000 y 8.000 efectivos de combate terrestre desplegados o en tránsito. A eso el el Pentágono lo ha denominado disponer de la «máxima opcionalidad». Pero la pregunta que todos se hacen es por dónde van a entrar.
Irán es una fortaleza natural. Al oeste y al sur, los montes Zagros, con picos de más de 4.000 metros. Al norte, la cordillera de Elburz, que supera los 5.600. Al este, los desiertos de Kavir y Lut que son muy extensos y extremadamente áridos. En el centro una meseta elevada donde se asienta Teherán. Cada punto de acceso es, en realidad, una trampa, también en la costa del golfo Pérsico. En la isla de Jark se gestiona el 90% de las exportaciones de crudo iraní, pero atacarla dispararía el precio del petróleo todavía más. Reabrir por la fuerza el estrecho de Ormuz exigiría una campaña de desgaste muy costosa. Las islas de Abu Musa y los Tunb mayor y menor tienen un valor militar limitado. El puerto de Chabahar está en medio de la nada, a gran distancia de cualquier centro de poder. Y el eje Abadán-Jorramchar, la opción terrestre desde Irak, es exactamente la ruta que siguió Sadam Husein en 1980 creyendo que sería un paseo. Lo que iba a durar semanas se convirtió en ocho años de carnicería con un millón de muertos.
Además, la fuerzas terrestres iraníes (el componente decisivo en caso de invasión) permanecen esencialmente intactas. Las brigadas de infantería y las unidades de guerra asimétrica de los Guardianes de la Revolución no se destruyen con bombardeos, se dispersan, se ocultan y esperan. Irán puede movilizar en torno a un millón de hombres armados. Es un país forjado en la revolución y en la guerra, que ha convertido la resistencia en doctrina nacional.
Cada una de las puertas de entrada permite pasar, pero ninguna resultados predecibles. Los objetivos que provocan presión real son demasiado arriesgados, los que minimizan el riesgo carecen de efecto estratégico. Irán ha convertido la geografía en un arma, y esa es una batalla que no se gana desde el aire.
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