La última partida de Orbán

Hungría importa más de lo que se piensa, importa a pesar de su tamaño y de lo que representa para la economía europea. Y no por haber dado al mundo al inventor del bolígrafo o al creador del cubo de Rubik, sino por Viktor Orbán, que lleva quince años impartiendo una clase magistral sobre cómo desmontar una democracia liberal desde dentro sin necesidad de disparar un solo tiro. Los politólogos han bautizado el invento como «autoritarismo competitivo”, un sistema político en que se vota, sí, pero todas las cartas están marcadas a favor del que manda. Hungría es el laboratorio, el prototipo que luego han imitado Modi en la India, Sánchez en España o Trump en Estados Unidos.

Pero este domingo ese laboratorio podría cerrar. En las elecciones del día 12 Orbán se juega la permanencia en el poder por primera vez desde que se hizo con él hace 16 años. Con las encuestas en la mano puede perder. Desde que llegó al despacho de primer ministro tras el hundimiento de la izquierda en 2010, ha ido colonizando con paciencia la judicatura, la administración, los medios de comunicación y las universidades. Ha tejido una red de poder concentrado en un círculo muy reducido. No es casual que Hungría figure hoy, según todos los índices, como el país más corrupto de la Unión Europea.

En Hungría todos saben que los grandes contratos públicos acaban siempre en manos de gente y empresas afines a Orbán, pero desde hace unos años ya no notan que el país prospere. La economía se contrajo en 2023 y apenas creció en 2024, la inflación se ha mantenido muy alta, el forinto muy bajo y Bruselas ha congelado 16.000 millones de euros en fondos europeos harta de ver cómo ese dinero termina en los bolsillos equivocados. La sanidad se deteriora, faltan médicos y Budapest amenaza con quebrar por un impuesto diseñado para asfixiar a los municipios opositores.

En medio de ese malestar ha irrumpido Péter Magyar, un desertor del propio Fidesz, exmarido de la antigua ministra de Justicia, que a raíz de un escándalo de abusos en un orfanato, rompió con el partido y fundó Tisza. En las europeas de 2024 logró un 30% de los votos y desde entonces no ha parado de recorrer pueblos hablando de los problemas que preocupan a los ciudadanos de a pie. Ha evitado a propósito los debates sobre democracia y Estado de Derecho que Orbán sabe capitalizar muy bien en su beneficio. Las encuestas le dan hasta 13 puntos de ventaja, aunque el sistema electoral, diseñado al milímetro para favorecer al partido gobernante, obligar a Magyar a tener que ganar por mucho para poder imponerse en escaños.

Orbán ha respondido redoblando la apuesta. Acusa a Magyar de ser agente de Zelenski, agita el fantasma de la guerra de Ucrania y, como ya sucedió hace cuatro años, recibe ayuda del Kremlin. Toda la derecha identitaria europea también le apoya, al igual que Donald Trump. Pero ese abrazo podría pasarle factura como ya ocurrió en Australia o Canadá. Aun así, nada está decidido. Si cae, caerá a manos de sus propios votantes, lo que demostraría que ningún autoritarismo competitivo aguanta cuando se acaba el dinero en la caja.

En La ContraRéplica:

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