Hasta hace poco, cuando EEUU se metía en guerra trataba de ser selectivo en lo que atacaba. Machacaban al enemigo en sus cuarteles y le pulverizaban las bases aéreas, pero los puentes, las refinerías y las centrales eléctricas quedaban en pie. No era solo cuestión de imagen. El Derecho Internacional Humanitario prohíbe convertir a la población civil en blanco de guerra. Israel y Estados Unidos respetaron, más o menos, esas líneas durante las primeras semanas de la guerra contra Irán. De hecho, cuando los israelíes atacaron el yacimiento de Pars del Sur y los iraníes amenazaron las instalaciones gasísticas de Catar, fue el propio Trump quien mandó parar a sus aliados.
Pero el segundo mes de guerra ha traído una música bien distinta. El 2 de abril la aviación estadounidense voló el puente B1 de Karaj, un puente de grandes dimensiones inaugurado en 2015 cerca de Teherán. Tres días después, en una entrevista con el Wall Street Journal, Trump soltó una frase que lo cambiaba todo. Estaba dispuesto a reventar todos los puentes y todas las centrales eléctricas iraníes, y a dejar el país de tal guisa que tardaría veinte años en reconstruirse. Es decir, guerra total, vaciar la despensa al enemigo para que no pueda pelear ni queriendo.
El problema es que esta estrategia tiene un agujero de tamaño considerable. El régimen de los ayatolás no se sostiene sobre la economía civil iraní, que llevaba años en estado calamitoso, sino sobre los Guardianes de la Revolución, los Pasdaran, que son un Estado dentro del Estado. Para ellos esta guerra es un negocio redondo. Controlan la mitad de las exportaciones petroleras (unos 30.000 millones de dólares el año pasado) y el crudo está en máximos, con lo que ingresan casi el doble que antes. Poseen además una serie de conglomerados industriales, desde fundiciones de aluminio hasta farmacéuticas y alimentación, cuyos beneficios se han disparado al desaparecer los competidores extranjeros. Han impuesto, además, un peaje informal de dos millones de dólares por barco que cruce Ormuz.
El iraní de a pie no ve nada de eso, sufre lo indecible en su día a día. Más de once mil ataques aéreos han paralizado el país, el rial se ha terminado de hundir, la inflación ronda el 60% y el Gobierno ha apagado internet para evitarse protestas. Hay sospechas de que los apagones de Teherán no los provocan tanto los bombardeos como el propio régimen, que está reservando la electricidad para sus fábricas de armas. Israel asegura haber destruido el 85% de la capacidad petroquímica iraní y las dos mayores acerías del país están fuera de combate.
Ahí está la trampa. Estados Unidos puede seguir bombardeando hasta dejar Irán en la edad de piedra, pero mientras no toque el petróleo, los Pasdaran seguirán ingresando. Y si lo toca, los ayatolás prenderán fuego al Golfo entero y eso se notará en todo el mundo. Lo más inquietante no es este espanto, sino que este espanto puede resultar sostenible durante mucho tiempo.
En La ContraRéplica:
- 33:50 Victoria desde el aire
- 46:30 Problemas de los jóvenes




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