Donald Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez con la promesa de acabar con las «guerras eternas» de Estados Unidos en Oriente Medio. Su ascenso político se alimentó del hartazgo de los estadounidenses tras casi dos décadas de intervenciones militares fallidas en Afganistán, Irak y Siria. De hecho, solo nueve meses antes de la operación Furia Épica, declaraba en Riad ante líderes árabes que la época de los cambios de régimen promovidos por EEUU había terminado. Pues bien, acaba de poner en marcha la mayor operación militar en Oriente Medio de los últimos veinte años.
¿Qué explica este giro tan radical? La frustración ante el fracaso de las negociaciones nucleares con Teherán, agravios personales acumulados durante años —Trump recuerda bien crisis de los rehenes de 1979— y el convencimiento de que este cambio de régimen no tiene por qué repetir los errores de Irak. A esto se suma el éxito de la operación Resolución Absoluta en enero, cuando capturaron a Nicolás Maduro con un coste mínimo y el aplauso generalizado. Aquella victoria convenció a Trump de que había encontrado una nueva doctrina: golpe quirúrgico, eliminación rápida del líder y colaboración de sus sucesores. Todo sin comprometer la vida de un solo soldado sobre el terreno ni asumir el coste de la reconstrucción.
Pero Irán no es Venezuela. El ataque aéreo y naval que acabó con el ayatolá Alí Jamenei y parte de la cúpula dirigente ha desencadenado una respuesta iraní que amenaza a Israel, a los intereses estadounidenses en el golfo Pérsico y a los países vecinos. El ejército de Estados Unidos está agotando sus interceptores de defensa aérea más rápido de lo que puede reemplazarlos. El propio John Bolton, que durante años presionó a Trump para actuar contra Irán y fue despedido por ello, reconoce que cambiar un régimen desde el aire es extraordinariamente difícil en un país tan extenso y de 92 millones de habitantes.
La operación también podría provocar fracturas internas. Importantes figuras del gabinete como JD Vance, Pete Hegseth y Tulsi Gabbard construyeron su carrera política sobre el escepticismo ante este tipo de intervenciones ya que los tres estaban en las fuerzas armadas durante las guerras de Irak y Afganistán. El propio Hegseth afirmó en diciembre que el Pentágono no se distraería con el intervencionismo en el exterior ni cambios de régimen. Dentro del movimiento MAGA y entre congresistas republicanos han surgido voces exigiendo objetivos claros y, sobre todo, la autorización del Congreso que exige la Constitución para declarar la guerra.
El escenario posterior a la guerra es muy incierto. La CIA maneja varios desenlaces posibles: una transición pactada, el ascenso del ala dura de la Guardia Revolucionaria o la fragmentación de Irán en facciones enfrentadas que conviertan el país en un Estado fallido. Trump quiere pasar a la historia como el presidente que doblegó a Venezuela, Cuba e Irán en un solo mandato. Pero con las elecciones de medio mandato a nueve meses vista y una mayoría de votantes que prefiere que se concentre en la economía, la gran apuesta de su segundo mandato podría convertirse en una maldición.
En La ContraRéplica:
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- 44:35 El racismo en los campos de fútbol




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