Ayer se cumplieron dos meses desde el inicio de la guerra en Irán. Las propuestas de paz resultan hoy irreconciliables, el crudo Brent se paga a más de 100 dólares por barril y tres grupos aeronavales estadounidenses permanecen desplegados en Oriente Medio. El estrecho de Ormuz, encajado entre Omán e Irán, sigue cerrado. Por sus aguas circulaba alrededor del 25% del suministro mundial de petróleo y el 20% del gas natural licuado, lo que convierte cualquier amenaza sobre este paso en un riesgo de primer orden.
El cierre no lo decretaron los iraníes, sino las aseguradoras marítimas, que advirtieron a sus clientes de que los siniestros derivados de la guerra no estaban cubiertos. Los iraníes aprovecharon el regalo y comenzaron a exigir peajes muy costosos a los buques que pretendían atravesarlo. Así las cosas, el mundo se enfrenta al mayor desafío para su seguridad energética desde las guerras árabe-israelíes del siglo pasado.
Solo cuatro Estados del golfo disponen de alternativas. Arabia Saudí cuenta con el oleoducto Este-Oeste o Petroline, con capacidad de 5 millones de barriles diarios hacia la terminal de Yanbu en el Mar Rojo. Hoy canaliza por allí el 70% de sus exportaciones. Sumado al oleoducto IPSA, infrautilizado desde 1990, podría sacar prácticamente toda su producción sin cruzar Ormuz. Irak depende de las terminales de Basora y Jaur Al-Amiyah por las que sale más del 80% de sus exportaciones. Su única alternativa real es el oleoducto que une Irak con el puerto turco de Ceyhán, pero no es demasiado fiable. Los Emiratos disponen del oleoducto ADCOP hasta Fuyaira, que sortea el estrecho. El propio Irán abrió en 2021 la terminal de Jask en el Golfo de Omán. Kuwait, Baréin y Catar carecen por completo de salidas alternativas.
Existen oleoductos cerrados o infrautilizados cuya reparación ampliaría notablemente la capacidad. El Kirkuk-Ceyhán podría transportar hasta 1,6 millones de barriles diarios si se pone al día. El IPSA daría una cobertura estratégica a los saudíes. El antiguo IPC hasta Banias y el Trans-Arabian Pipeline hasta Sidón también ofrecen un potencial considerable que abarata un 40% el envío a Europa frente a la ruta de Suez. En cuatro años podría construirse incluso un nuevo oleoducto de gran tamaño que atravesara Siria o la costa israelí.
El verdadero problema es el gas. No existen rutas alternativas viables porque el gas natural licuado exige plantas de compresión. Construir gasoductos transcontinentales llevaría años y exigiría negociaciones complejísimas en países como Siria. Los obstáculos políticos abundan, dentro y fuera de cada Estado, y para el mercado asiático Ormuz sigue siendo muy conveniente.
Aun así, la infraestructura sigue siendo la forma más duradera de disuasión estratégica. Los oleoductos dañados por un ataque se pueden reparar en cuestión de días, las rutas marítimas no. La historia demuestra que las crisis petroleras las resuelven los ingenieros mucho antes que los militares. La crisis de Suez, el embargo de 1973 y la Guerra Irán-Irak impulsaron infraestructuras importantes. Toca repetir la estrategia de repartir los huevos en distintas cestas si lo que se quiere es arrebatar al régimen iraní su arma más valiosa.
En La ContraRéplica:
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