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Geometría esperpéntica

En España los juramentos de los cargos públicos están perfectamente pautados por un Real Decreto de hace cuarenta años. El que toma el juramento pregunta textualmente: «¿Juráis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado?». El que jura dice «Sí, juro» y ahí mismo se acaba el trámite. Para los ministros la ceremonia se escenifica en un salón del Palacio de la Zarzuela con el Rey de cuerpo presente y una mesita con la Constitución y la Biblia. Si pone la mano en la Biblia ya sabemos que el ministro en cuestión va a Misa. Lo que ponen todos es la mano sobre la Constitución.

No parece algo tan difícil. Si jura, adelante, si no jura se vuelve por donde ha venido y asunto zanjado. Pero de un tiempo a esta parte, es decir, desde que entró Podemos en las Cortes se ha puesto de moda adornar el «sí, juro» con incontables elementos decorativo-ideológicos que, además de no aportar nada al juramento, pueden incluso desvirtuarlo.

En honor a la verdad esto de jurar de manera creativa es de la cosecha de Batasuna, cuyos diputados para tomar posesión del escaño se inventaron lo del «imperativo legal» hace ya 25 años. Se lo consintieron en aquel momento y nadie más se atrevió a innovar en los juramentos durante varias legislaturas, seguramente no por falta de ganas, sino para evitar que les llamasen batasunos. En esas llegó Podemos a las instituciones y reanudó el festival. Las Cortes como prolongación de los platós de televisión y de la propaganda breve y vocinglera propia de las redes sociales.

A principios de 2016 nos obsequiaron con unos cuantos numeritos en el hemiciclo que fueron muy comentados en su momento y luego se olvidaron. Quizá por eso han pensado que lo mejor era subir la apuesta desde el primer día. Y no sólo los diputados de Podemos. Los de Pablo Iglesias juraron «por la democracia y los derechos sociales«. El jefe añadió España a la fórmula para no ser menos que Santiago Abascal, que minutos antes había sacado a España de paseo durante el juramento. Esto de que un cargo público remarque que jura por España me parece una aclaración innecesaria. Sólo faltaba que jurasen el escaño por Francia o por Antigua y Barbuda.

El ecologista Juan López de Uralde prescindió de España y juró «por la democracia, los derechos sociales y el planeta«. No especificó el planeta pero entiendo que sería el planeta Tierra. Viendo el panorama los independentistas se vinieron arriba y fueron directamente al meollo del asunto, de su asunto. Juraron la Constitución «por imperativo legal», como los batasunos de los años 90, y «por la independencia de Cataluña«, lo cual crea una paradoja imposible de resolver ya que la Constitución no recoge esa eventualidad.

Oriol Junqueras fue un poco más lejos y juró «como preso político«, lo cual es mentira porque no es ningún preso político, es, en todo caso, un político preso en espera de sentencia. Vamos, que juró mintiendo. Para hacerlo se valió de una chuleta con su falta de ortografía incorporada que un malévolo fotógrafo del Congreso dejó inmortalizada para la posteridad. Lo que demuestra que era todo improvisado.

Iban perfeccionando los números conforme subía la temperatura en el hemiciclo. Laura Borràs, de JxCat, quiso ser más original y «acató» la Constitución «por la lealtad al mandato democrático del 1 de octubre y del pueblo catalán» y «por la libertad de los prisioneros«. Desconozco si se refería a los prisioneros de Azkabán o a los de Zenda. Aunque, como Borràs es madre de una hija adolescente, quizá se refería a los prisioneros de Fortnite, ese videojuego tan de moda que tiene a toda la chavalería sin dormir los fines de semana. En el Senado, entretanto, Raül Romeva juraba «por la república catalana y siempre comprometido con la libertad, la igualdad y la fraternidad«. De haber sido mujer probablemente se habría descubierto un pecho y, empuñando la estelada, habría guiado a los suyos como la Libertad de Delacroix por los pasillos de la cámara alta.

Bien, esto es, de manera muy condensada lo que los ujieres del Congreso y el Senado tuvieron que aguantar la semana pasada. Parece obvio que no será el último espectáculo que presencien en esta legislatura. Se trata simplemente de un aperitivo frío. Los entrantes se servirán en la sesión de investidura, que será el mes próximo después de las municipales y que se promete tortuosa.

Pedro Sánchez y su jefe de gabinete Iván Redondo se las ven muy felices por haber ganado el día 28 pero, según ha quedado el Congreso, una cosa es ganar y otra bien distinta llegar a ser investido presidente de Gobierno. Sánchez no puede hacerlo a solas, tampoco con el apoyo de Podemos. Entre ambos suman 165 escaños y necesita 176, once más que tendrán que salir de ERC. Es la única manera de que le salgan las cuentas, pero solo para ser investido, luego tendrá que gobernar.

Cuentan los enterados que ensayará la llamada «geometría variable«, es decir, ir apoyándose en unos u otros en función de sus necesidades. Más o menos lo que trató de hacer Mariano Rajoy en la última legislatura que terminó tras 19 meses de semiparálisis en una moción de censura. Es la clásica fantasía de asesor político con poca geometría pero mucha variabilidad. Basta con que Ciudadanos, el PP y VOX se cierren en banda para que el geómetra Sánchez quede al albur de Podemos y, especialmente, de los independentistas, que le supeditarán su apoyo a cosas que el presidente no pueda entregar, léase un referéndum de autodeterminación o una reforma de la Constitución.

Otra posibilidad es que intente un acuerdo de Gobierno con Ciudadanos. Con 180 escaños les da de sobra para sortear la investidura y gobernar cuatro años con absoluta tranquilidad. Pero no tengo yo muy claro que a Ciudadanos le interese. Correrían con la factura sin ganar nada más allá de algo de poder subordinado a Sánchez durante cuatro míseros años. El socio minoritario siempre paga los platos rotos en este tipo de Gobiernos de coalición.

Ahí están los liberales alemanes como ejemplo viviente y doliente. Pasaron de ocupar la vicecancillería en 2009 a desaparecer del Bundestag cuatro años más tarde. No ganaron casi nada y lo perdieron todo. Ante semejante disyuntiva se encuentra ahora Ciudadanos. Quizá le convenga esperar pacientemente a que concluya la función de circo que dio comienzo el martes.

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