Donald Trump rompió la semana pasada una costumbre que se mantenía desde los años 60, cuando John F. Kennedy acudió al aeropuerto a recibir al primer ministro británico Harold Macmillan. Desde entonces ningún presidente estadounidense había salido a recibir en persona a un mandatario extranjero con la única excepción del Papa. El invitado era Xi Jinping, que llegó a Washington para una visita de Estado rodeada de honores y cenas de gala. Lo que nadie tiene claro todavía es para qué ha servido semejante despliegue.
El resultado ha sido pequeño. La tregua comercial pactada el año pasado, después de una escalada arancelaria que China frenó restringiendo la venta de tierras raras, se ha prorrogado solo dos meses. A eso se suman una rebaja recíproca de aranceles sobre productos muy poco sensibles, un vago diálogo sobre inteligencia artificial, algunos avances contra el fentanilo y dos pandas gigantes para el zoológico de Atlanta. Las conversaciones de fondo apenas duraron media hora, señal de que la pompa era el verdadero propósito del viaje. El Gobierno de Estados Unidos, además, desconfía de que China cumpla lo firmado.
Xi Jinping buscaba otra cosa. Con el congreso del Partido Comunista cerca y un cuarto mandato en el horizonte, necesitaba aparecer ante los suyos como un igual del presidente de EEUU. Pretendía también delimitar la rivalidad entre ambas potencias dentro de unas líneas rojas, la más gruesa de todas ellas la que afecta a Taiwán. Pidió que Estados Unidos pase de «no apoyar» la independencia de la isla a «oponerse» a ella, un matiz que en Taipéi se leería como un abandono de facto. Trump no cedió, por ahora. Canjear Taiwán por ayuda china en la guerra con Irán sería un pésimo negocio que inquietaría a todos los aliados del Pacífico y pondría en manos de China la industria de semiconductores más avanzada del mundo.
La cumbre confirmó que Trump ha abandonado la línea dura hacia China que él mismo inauguró en su primer mandato. Restó importancia al espionaje chino al servicio de Irán y se mostró indiferente ante las maniobras militares en torno a Taiwán. La opinión pública acompaña, la mayoría de los estadounidenses prefiere hoy cooperar con China antes que contenerla. Los papeles se han invertido hasta el punto de que fue Trump quien imitó el estilo chino de fotos posadas y prensa amaestrada.
En el terreno de la inteligencia artificial nada ha avanzado, pero es ahí donde se ve mejor lo entrelazadas que están ambas economías, algo que confirman también el petróleo o los medicamentos. Hablar de una nueva guerra fría es exagerado y, además, engañoso porque, a diferencia de la Unión Soviética, China lleva décadas creciendo dentro del mismo ecosistema de mercado que Estados Unidos.
Lo sensato sería gestionar esa interdependencia, diversificar allí donde genera vulnerabilidades y preservar los lazos que benefician a ambos. La cumbre ni siquiera lo abordó. Podrían verse las caras varias veces más este año, lo que invita a tomárselo con calma pero también a aplazar lo más incómodo. Trump y Xi Jinping se marcharon con el ego satisfecho. El resto del mundo se quedó con dos pandas y una prórroga comercial de dos meses.
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