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Podemovictimismo

Podemos se encuentra en un estado muy delicado a sólo tres semanas de las elecciones. La otrora máquina de guerra electoral está gripada. Ya no se ven las sonrisas de otros tiempos y cada uno tira por su lado mientras la formación se hace trizas en mil disputas internas. Las encuestas pintan peor que mal. La media de los sondeos les está dando unos 30-35 escaños para el Congreso. Habida cuenta de que tienen 71, de materializarse en las urnas esos resultados supondría un descalabro notable, un descenso del 50%-55% de una tacada.

Pero lo peor no es eso. Según las encuestas Podemos perdería su condición de tercera fuerza política y pasaría a ser cuarta. Según algunos sondeos incluso la quinta después de VOX. Aún poniéndose en el mejor de los casos, en el que entre ellos, los socialistas y los nacionalistas puedan formar Gobierno, la parte del pastel a la que aspirarían los de Iglesias sería pequeña. Algunas concesiones programáticas o, como mucho, un par de ministerios menores si se aviniesen a entrar en el Ejecutivo.

En principio no suena mal, pero, claro, ellos aspiraban a más. Hace sólo tres años estaban llamando a las mismas puertas de Moncloa mientras hacían y deshacían a su antojo. Pero si hablamos de Podemos tres años es una eternidad. Es un partido muy joven, en enero cumplió su quinto aniversario y desde entonces han pasado muchas cosas, demasiadas, muchas más de las que al votante podemita le gustaría.

Hablar del Podemos festivo y optimista de 2015 ó 2016 es hablar de otro planeta. Hoy las aguas bajan turbias. El cisma en la cúpula ha alumbrado otro partido, el de Errejón y Carmena, que lo ha apostado todo por Madrid como primera fase. Las confluencias regionales, entretanto, están desconfluyendo a toda velocidad. Sus aliados más que ver la marca Podemos como un activo, la ven como una dolorosa hipoteca del pasado.

Ante semejante panorama Iglesias ha adoptado una estrategia con dos pilares fundamentales. El primero es volver a las esencias fundacionales. El mensaje original con el que debutaron en las europeas de 2014: nacionalizaciones, impuestos por doquier, feminismo sin tasa, republicanismo, memoria histórica y feroces críticas al «régimen del 78» que, según ellos, es el origen de todos los males pasados, presentes y venideros.

El otro pilar cuelga del primero. El «régimen del 78» les teme y por eso les persigue y les marca de cerca. Tienen, además, pruebas para demostrarlo. El mes pasado la Audiencia Nacional notificó a Pablo Iglesias que podía personarse como perjudicado en el caso Tándem, más conocido como caso Villarejo, este policía que durante años trabajó para las llamadas «cloacas del Estado» y que lleva en prisión año y medio acusado de blanqueo de capitales y organización criminal.

Al parecer allá por 2016 alguien robó la tarjeta de memoria del teléfono móvil de la entonces asistente parlamentaria de Iglesias en la eurocámara, una tal Dina Bousselham. El juzgado sospecha que detrás de la sustracción está Villarejo. Lo sospecha porque unos meses después empezó a aparecer en prensa contenido privado como aquella conversación de Telegram en la que Iglesias, de manera, figurada, decía que «azotaría hasta que sangrase» a la periodista Mariló Montero.

Esa tarjeta sabemos que llegó hasta la redacción de la ya desaparecida revista Interviú. Su director, Alberto Pozas, entregó un pendrive con información personal de Iglesias a Villarejo. No es una suposición, Pozas lo reconoció ante el juez García-Castellón hace unos días. Esto le ha costado la imputación y el cargo que desempeñaba desde hace unos meses como número dos del departamento de prensa de Moncloa.

No sabemos si existen copias del contenido de esa tarjeta escondidas en algún lado. Si existen no se han hecho públicas. El hecho es que ese material se empleó para dañar a Iglesias, la clásica puñalada con información confidencial tan tristemente habitual en política. Eso por un lado, por otro acusa a los «medios del sistema» de arremeter contra Podemos cuando hace unos años los medios desvelaron los vínculos de la formación con el régimen bolivariano. Aseguran ahora que estas operaciones encubiertas les costaron el Gobierno.

Ambas cosas son ciertas, pero también es cierto que Podemos y PSOE no se hicieron con el poder en 2016 porque Ferraz se negó. Podemos se lo devolvió poco después negándose a votar en la investidura fallida de Sánchez de febrero de aquel año después de que pactase con Ciudadanos. No fue porque las «cloacas del Estado» interviniesen, sino porque Iglesias jugó muy mal sus cartas.

De hecho, las grandes exclusivas contra Podemos vieron la luz algo más tarde, en el mes de abril, cuando el pacto con el PSOE se había frustrado irremediablemente. Voy un poco más lejos. Unos meses antes, en enero, cuando Iglesias decidió por su cuenta y riesgo fabricarle el Gobierno a Sánchez, él se quedaba con la vicepresidencia de la que depende el CNI y, por extensión, las «cloacas del Estado». Parecía entonces muy interesado en llevarlas personalmente y no se le oyó ni una sola crítica hacia ellas.

Respecto a los denominados «medios del sistema» durante años mantuvieron a Podemos y al propio Iglesias entre algodones. Cadenas de televisión como La Sexta entre 2014 y 2018 parecían Telepodemos. Eso por no hablar de los publirreportajes en horario de máxima audiencia y la presencia ubicua de sus líderes en todos los espacios informativos.

Si seguimos al pie de la letra el guión de Iglesias nos encontramos con que Rajoy y casi cualquiera del PP puede decir lo mismo. O la ministra de Justicia a quien grabaron una conversación privada mientras comía. Villarejo los espió a todos y buena parte de sus hallazgos terminaron en los periódicos. Las «cloacas del Estado» siempre han estado ahí. Otra cosa es que este asunto se haya desmadrado a raíz de la guerra abierta entre Villarejo, Martín Blas, de Asuntos Internos, y Felix Roldán, del CNI. Todos son víctimas y, a un tiempo, beneficiarios. El que asoma la cabeza ya sabe a lo que se expone. Todos tienen motivos de queja y todos podrían articular idéntica campaña victimista. Pero no todos la necesitan con la urgencia de Iglesias, a quien todo de un tiempo a esta parte todo le sale mal.

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