Vladimir Putin lleva un cuarto de siglo intentando devolver a Rusia el rango de gran potencia que tuvo en tiempos de la Unión Soviética. Tiene el mayor arsenal nuclear del mundo, pero su economía supera por no mucho a la española y su población mengua y envejece. Por eso persigue una nueva Yalta con China en el lugar que ocupó el Reino Unido en 1945. A principios de este mes propuso a Donald Trump una cumbre con Xi Jinping en Shenzhen para decidir el futuro de Ucrania sin Volodímir Zelenski. El Gobierno de Estados Unidos no la descarta y el chino no se opondrá.
La propuesta llega en el mejor momento de su relación con Trump. En esa misma llamada Trump cerró la compra de gasóleo ruso con la esperanza de abaratar el combustible antes de unas elecciones de medio mandato en las que los republicanos podrían perder las dos cámaras del Congreso y condenarle a dos años de bloqueos y problemas. Pero eso no funcionará. El precio lo ha disparado la guerra de Irán y el volumen que pueden inyectar los rusos es muy pequeño. Eso sí, dejará miles de millones de dólares en las arcas del Kremlin.
Poco después Trump congeló las sanciones de una ley contra la energía rusa que él mismo había firmado. Putin respondió con uno de los mayores ataques de la guerra contra la red eléctrica ucraniana, pero en la Casa Blanca siguen culpando a Ucrania de que la tregua energética no prospere.
Todo gira en torno a las refinerías. Los drones ucranianos están dañando la principal fuente de ingresos rusa y Trump exige a Zelenski que pare ya. Ante su negativa ha firmado el acuerdo del diesel, ha reducido el apoyo técnico y ha amenazado con recudir también la información de inteligencia que es vital para la defensa de Ucrania. La respuesta ucraniana fue el mayor ataque con drones de la guerra contra San Petersburgo, la ciudad natal de Putin.
Con todo este ruido, Estados Unidos y sus socios europeos trabajan en un plan de paz que combina la reconstrucción de Ucrania, garantías de seguridad parecidas a las de la OTAN, un gran acuerdo energético entre Rusia, Ucrania y Europa y un alto el fuego en la línea del frente que dejaría a Rusia el territorio ya ocupado. Los europeos lo apoyan porque la guerra es una carnicería a la que no se le ve el final. El problema es que Putin quiere la victoria y no una tregua, con cada concesión gratuita que le dan se esfuman los motivos para negociar.
Para Putin la cumbre consolidaría a Rusia en el club de las grandes potencias y dejaría fuera a Europa. Para Xi Jinping sería un éxito diplomático, aunque un tanto arriesgado. En Taiwán crecería el temor de que su destino se negocie algún día del mismo modo. Europa sabe que no puede sustituir los sistemas de alerta temprana, los misiles Patriot ni los satélites estadounidenses. Sufre además sabotajes rusos, presupuestos al límite y mucha polarización política. En Alemania la derecha populista que lidera las encuestas pide volver a comprar gas natural ruso. El único consuelo es que las críticas a Trump crecen en ambos partidos. Pero si las urnas le castigan buscará culpables fuera, empezando por Zelenski y continuando por todos los líderes europeos que no le bailan el agua.
Contenido:
0:00 Introducción
3:42 La fotografía que busca Putin
13:53 Premios iVoox
15:37 Un plan de paz a contrapelo
26:51 “La ContraHistoria del mundo”
28:28 Europa, fuera de la mesa
36:10 Las reformas que nadie quiere hacer en Europa
44:15 Hispanos o latinos
53:49 Los envíos de Amazon




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