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Un protagonista inesperado

Pocas cosas hay más agotadoras en política que una campaña electoral estadounidense. El país es muy grande, cubre varios husos horarios y, como es lógico, los candidatos no pueden hacer la campaña desde Washington apoyándose sólo en la televisión. Necesitan desplazarse y dar mítines que luego se amplificarán a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Como mínimo tienen que dar un mitin al día durante el mes de octubre, a veces incluso más. En la campaña de 2016 Trump dio 60 mítines entre el 2 de octubre y el 5 de noviembre en 19 Estados diferentes. Eso le obligó a recorrer miles de kilómetros y ver a cientos de miles de personas.

Este año el 2 de octubre sucedió lo que nadie había previsto: el presidente comparecía en Twitter para informar que se había contagiado de coronavirus. Todos contuvieron la respiración, abrieron los ojos y se preguntaron qué pasaría a partir de ese momento. De haber pasado esto en mayo o junio apenas hubiese dado que hablar. A fin de cuentas, Boris Johnson o Jair Bolsonaro también se contagiaron en su momento, se curaron y asunto resuelto. Pero el de Trump llegaba a un mes casi exacto de las elecciones.

En este punto sólo había que hacer cuentas. El ciclo de esta enfermedad dura aproximadamente un mes desde la infección hasta que se ésta se resuelve. La resolución puede ser fatal y conlleva la muerte del paciente. Pero eso no es lo habitual. El SARS-Cov2 no es el ébola, la mayor parte de contagiados sobreviven, aunque a algunos se les complica bastante y un pequeño porcentaje tiene que ser ingresado en la UCI. Pero aún pasándolo con síntomas leves el ciclo es un mes durante el cual el infectado tiene que restringir al máximo sus interacciones sociales y permanecer alerta por si su salud empeora.

Un mes es lo que falta para las elecciones, o era lo que faltaba cuando se anunció públicamente el contagio. En ese instante la campaña dio un giro de 180 grados y obligó a los republicanos a replanteársela preguntándose antes si sería sensato pasear a un candidato enfermo por todo el país y cómo lo recibiría el votante. En resumen, ¿cuántos mítines podría dar Trump, en qué Estados y con cuántos asistentes? Poniéndonos en el mejor de los casos serían pocos, no muy concurridos y cerca de la capital.

¿Significa esto que está ya todo perdido y pueden tirar la toalla? No necesariamente. El candidato puede mantener la actividad a través de la red y, sobre todo, puede tirar de su segundo de a bordo, el vicepresidente Mike Pence, un tipo tranquilo y silencioso que lleva cuatro años viviendo a la sombra de Trump, una sombra, por cierto, muy voluminosa. A Pence se le suele subestimar. Muchos le tienen por un pobre hombre cuya función única es cubrir un puesto que no puede quedar vacío porque la Constitución exige que exista la figura de vicepresidente. Esta impresión se debe a que es un hombre no especialmente aficionado al espectáculo y, a diferencia de Kamala Harris, su homóloga demócrata, alérgico al protagonismo.

Precisamente por eso el debate que los dos candidatos a vicepresidente sostuvieron esta semana en Utah iba a ser algo accesorio, un pasatiempo en el que Harris, a quien muchos tienen como la verdadera candidata dadas las limitaciones de Biden, pasaría por encima del timorato Pence. No fue así. Pence se interpretó a sí mismo y, en el camino, desesperó a su adversaria. Quizá sea este el último debate porque los que estaban programados para el día 15 y el 22 entre Trump y Biden están en el aire. Si es así la campaña republicana puede darse por satisfecha.

El contagio de Trump sirve, además, de recordatorio de los riesgos de tener candidatos tan mayores. Trump es el presidente que ha jurado el cargo con la edad más avanzada, 70 años, un récord que batiría Biden si gana las elecciones ya que para enero habrá cumplido los 78. Hoy es la covid, mañana podría ser cualquier otra dolencia propia de la edad. De modo que pocas veces los vicepresidentes han tenido tanta importancia como en estas elecciones. Pence tiene 61 años, Harris 55 y ambos se encuentran en plenitud de facultades físicas y mentales. No sería extraño que uno de ellos tuviese que hacerse cargo de la presidencia a mitad de mandato, así que haremos bien en tomarles la matrícula porque, contra todo pronóstico, se han convertido en las estrellas de la campaña.

Podría pensarse que Pence es pan comido para Harris, una mujer enérgica y decidida que en los debates de las primarias demócratas puso a Biden contra las cuerdas. Pence, en cambio, es todo discreción y mesura. Con esos dos ingredientes se impuso a Tim Kaine en el debate de los vicepresidentes de 2016 y ha vuelto a hacerlo este año. En aquel entonces Pence era un mero adorno que se había puesto Trump por imperativo constitucional, un abogado de Indiana reconvertido primero en presentador de radio y posteriormente en gobernador de su Estado natal. Un tipo seco y práctico, muy del gusto del votante republicano del medio oeste. Pero su papel era decorativo frente a un huracán desbocado como el Trump de hace cuatro años.

En principio iba a repetir el papel este año, pero las circunstancias han cambiado drásticamente. Ahora, con Trump recluido en la Casa Blanca por prescripción facultativa, ha de ser Pence quien encarne la causa común. Y eso sólo puede hacerlo con su estilo, que es diametralmente opuesto al de su jefe. Pence no genera el rechazo de Trump entre muchos demócratas. Nada malo pueden decir de una persona tan calmada y cortés salvo que no están de acuerdo con su programa. Pence es realmente difícil de caricaturizar y él tampoco se presta a ello.

En una encuesta realizada en septiembre por YouGov para Yahoo News en la que se preguntaba a quien preferiría como presidente entre los dos candidatos a la vicepresidencia, el 46% escogió a Kamala Harris, el 45% a Mike Pence. En esa misma encuesta el 48% se decantaba por Biden y el 40% por Trump. En principio esto no tendría demasiado valor de continuar la campaña por donde estaba previsto, pero desde el día 2 la campaña es otra. Ha llegado el momento de Pence. La duda ahora es saber si el inesperado protagonista sabrá estar a la altura.

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