Atenas contra Esparta

Una de las guerras más importantes de la antigüedad clásica es la guerra del Peloponeso, un guerra que Esparta y Atenas libraron en la segunda mitad del siglo V a.C. Los griegos acababan de derrotar a los persas en las guerras médicas, un conflicto lleno de heroísmo del que Atenas emergió como la potencia hegemónica en el mar Egeo. Los atenienses aprovecharon su ubicación, el magnífico puerto de El Pireo y las minas de plata de Laurion. Esta riqueza les permitió enfrentarse a los persas y crear la Liga de Delos, una alianza que evolucionó hasta convertirse en algo parecido a un imperio marítimo ateniense.

En la península del Peloponeso se encontraba Esparta, que también había brillado en su lucha contra los persas. Pero, a diferencia de la democrática Atenas, era una polis terrestre controlada por una oligarquía cuya economía se fundamentaba en las explotaciones agrarias. Esparta veía con desconfianza el expansionismo ateniense. Según Tucídides, que fue un cronista de excepción de esta guerra, el miedo al poderío de Atenas fue la causa principal del conflicto. Una serie de tensiones comerciales como la crisis de Epidamno y el Decreto Megarense, que bloqueaba a la ciudad de Mégara, aliada de Esparta, encendieron la chispa. En el año 432 a.C., la Liga del Peloponeso capitaneada por Esparta decidió ir a la guerra contra Atenas y sus aliados.

La primera fase, la llamada guerra arquidámica duró diez años y terminó en tablas. La Esparta de Arquidamo II resolvió realizar expediciones anuales de saqueo al Ática para forzar a Atenas a combatir en tierra, donde los espartanos eran superiores. Pericles, consciente de la debilidad ateniense, ordenó refugiarse tras las Murallas Largas confiándolo todo en la flota para abastecer la ciudad y atacar con ella las costas del Peloponeso. Durante años se sucedieron las victorias y las derrotas que afectaron a ambos. El conflicto, ya convertido en puro desgaste, concluyó con la batalla de Anfípolis, en la que tanto el ateniense Cleón como el espartano Brásidas perecieron. Tras ello sus sucesores decidieron firmar un tratado de paz.

Pero la paz fue muy efímera. Alcibíades, un carismático líder ateniense, quería dar el golpe de gracia a los espartanos y convenció a la asamblea ateniense que tenían que ir a por todas haciéndose con Sicilia. Eso les daría recursos suficientes para subyugar a Esparta y poder olvidarse para siempre de ella. La expedición a Sicilia partió de El Pireo en el año 415 a.C. Era la más ambiciosa que jamás se había concebido en Atenas. La idea era tomar Siracusa y poner toda la isla a su servicio, pero el plan se torció pronto. Alcíbiades fue acusado de profanar un templo y, cuando regresaba a Atenas para ser juzgado, se escapó a Esparta y se unió al enemigo. El asedio de Siracusa terminó en un desastre, algo que no tardaron en aprovechar los espartanos.

Aconsejados por Alcibíades, los espartanos ocuparon una pequeña ciudad cercana a Atenas para privarles del acceso a los suministros del interior y a las minas de plata. Los persas entraron entonces en liza. Pactaron con Esparta financiarles una flota que pusieron al mando de Lisandro, un estratego muy hábil que sería quien diese la puntilla a Atenas en la batalla de Egospótamos en el año 405 a.C.. Sin armada y sin recursos, Atenas se rindió poco después.

La guerra afectó a toda la Hélade y tuvo consecuencias devastadoras. Atenas perdió su imperio y Esparta se convirtió en la nueva potencia dominante, aunque no por mucho tiempo. El conflicto generó desencanto e introspección entre los griegos. La decadencia de las polis facilitó el ascenso de Macedonia, primero con Filipo II y luego con Alejandro Magno, lo que supuso el punto final del periodo dorado de la antigua Grecia.

En El ContraSello:

  • 1:04:16 El origen de los títulos reales
  • 1:10:46 El imperio mongol

Bibliografía:

1 Comment

  1. Me ha sorprendido el parelelismo de las guerras del Peloponeso con lo que nos sucede ahora, y en el fondo, em hace pensar que hay algo más profundo en el ser humano.

    Atenas y Esparta pelearon juntas para deterner a una potencia, la Persa, en las guerras Médicas. Superado todo esto, Atenas y Espartan, que poseían, ciudades «asociadas», descofían una de la otra. Sus formas de gobierno y sus diferencias económicas, en cómo obtenían sus riquizas, hacen que la desconfianza entre ellas acaba en una guerra de desgaste, en la que nadie gana.

    El desgaste, lo único que propicia que una nueva emergente, Macedonia, acapare todo.

    Si lo vemos con el prisma actual, EEUU y Rusia, consiguen parar a Hitler. Al poco la desconfianza entre ambos régimenes, con diferentes puntos de vista, desemboca en una guerra fría, que no llega a más ante la seguridad de una destrucción mutua, pero que se encarna en muchas guerras locales, donde cada bando toma partido. La última la de Ucrania.

    El desgaste, lo único que propicia que una nueva emergente, China, acapare todo.

    2500 años de historia y al final, Tucídides lo pone negro sobre blanco, » La Historia es un incesante volver a empezar»

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.