Burnham se pone serio

Andy Burnham llegó la semana pasada al congreso anual del Partido Laborista en Liverpool con el viento a favor. Tras desplazar en verano a Keir Starmer de la jefatura del partido y del Gobierno, los laboristas han remontado en las encuestas y el lema elegido para la cita, “recuperar la esperanza”, resumía bien el ánimo de una militancia muy castigada por la falta de expectativas. Las rencillas internas se aparcaron y los ministros se abstuvieron de anunciar nada relevante que opacase la intervención del gran jefe.

El plato fuerte era el discurso de Burnham, en el que se presentó como un revolucionario dispuesto a romper con cuatro décadas de consenso. En parte lo fue. Se atrevió con tres asuntos que la política británica llevaba años esquivando. El primero fue la reforma de las pensiones. Burnham quiere acabar a partir de la próxima década con el llamado triple blindaje, la fórmula que obliga a revalorizar la pensión pública según la inflación, los salarios o un mínimo del 2,5%, lo que resulte más alto. El ahorro iría a un nuevo servicio nacional de dependencia para que los ancianos no tengan que vender su casa para pagarse los cuidados. Los economistas aplauden la decisión, pero parte de sus diputados teme que el partido quede como enemigo de los jubilados.

El segundo es el sistema electoral, que quiere hacer más proporcional, pero solo tras el dictamen de una comisión nacional. El tercero es Europa, el elefante en la habitación que ninguno de sus predecesores quería pronunciar en voz alta. Lamentó el daño causado en la economía por el Brexit y abrirá un debate sobre la relación futura con la Unión Europea. En ese debate todas las posturas se tendrán en cuenta, también la de volver a pedir el ingreso.

Todo suena muy valiente, pero ninguna de estas reformas verá la luz antes de las próximas elecciones generales y todas pasarán a mejor vida si los laboristas las pierden. Quedaron además asuntos espinosos como el endurecimiento de los permisos de residencia para inmigrantes con salarios bajos, el recorte de las ayudas por incapacidad que tanto daño hizo a Starmer o la eterna ampliación del aeropuerto de Heathrow, sobre la que Burnham sigue sin pronunciarse.

La objeción de fondo es otra. Burnham no es ningún revolucionario, es, de hecho, el último guardián de una ortodoxia que lleva diez años instalada en el Gobierno británico. La verdadera ruptura la protagonizó Theresa May tras el referéndum, cuando interpretó el Brexit como un rechazo al liberalismo heredado de Margaret Thatcher y lo sustituyó por intervencionismo, control de precios y cierta retórica nacionalista. Su mandato fue un fracaso, pero sus ideas triunfaron.

Desde entonces todos los primeros ministros han tocado la misma partitura. Reindustrialización, énfasis en los productos nacionales, elogios a la formación profesional y desvelos por las ciudades olvidadas del norte industrial. Boris Johnson y Keir Starmer prometieron lo mismo con palabras casi idénticas. Los resultados no han sido los esperados. Los servicios pesan más que nunca en la economía, la universidad gana alumnos frente a la formación profesional y los británicos compran coches chinos y ropa barata en plataformas asiáticas como cualquier europeo. Entretanto, el país no atrae ni talento ni capital. Muchos de aquellos ciudadanos de ninguna parte que Theresa May señaló en su momento se han marchado a países con impuestos más bajos. Nada de lo que se escuchó en Liverpool parece que vaya a convencerles de volver.

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