El 11-S y la gran distracción

Los atentados del 11 de septiembre, de los que se acaban de cumplir 25 años, acabaron con la vida de casi 3.000 personas en el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono de Washington. A eso habría que sumar los muertos del vuelo 93 de United que se estrelló en Pensilvania. Otras 3.000 murieron después por causas relacionadas con los atentados. Fue el mayor atentado de la historia de Estados Unidos, pero eso no basta para explicar que aquel martes de septiembre suponga la línea divisoria entre dos épocas. Lo decisivo no fue el ataque en sí, sino lo que los sucesivos gobiernos de Estados Unidos decidieron hacer y lo que dejaron de hacer mientras estaban ocupados en cobrarse la venganza.

Hubo, efectivamente, un fallo de inteligencia, pero de ese escenario ya se había advertido. Lo que falló fue la voluntad de tomárselo en serio. Eso se corrigió deprisa y a un precio altísimo. Lo que nunca se corrigió fue el fallo de proporción. Al Qaeda era en 2001 una organización pequeña, con un historial de poco más de 200 muertos en las embajadas de Kenia y Tanzania y 17 en un destructor, el Cole, que atacaron con una lancha suicida un año antes en la costa de Yemen. Al Qaeda tenía recursos para un único gran golpe, pero ningún plan para el día siguiente.

La respuesta militar inicial fue fulminante en Afganistán, el régimen talibán cayó en ocho semanas. Los terroristas se refugiaron en las montañas de Tora Bora, pero los recursos para atraparles se desviaron a Irak, un país ajeno al 11-S. El pecado intelectual fue una confusión deliberada de categorías, la de meter en el mismo saco a talibanes, a Al Qaeda y al gobierno de Saddam Hussein. Esa amalgama cerró la puerta a un acuerdo con los afganos mientras aún era posible y transformó una operación contra un grupo concreto en una guerra contra supuestos Estados patrocinadores que constituían el eje del mal.

Se consiguió lo contrario de lo que se buscaba. Ocupar un gran país musulmán resolvió a favor de Bin Laden el viejo debate entre enemigo cercano y el lejano, Irak se transformó en una fábrica de yihadistas con Abu Ghraib, Camp Bucca y Guantánamo como combustible. Todo eso salió carísimo, tanto en términos humanos como económicos. El objetivo central se cumplió, porque no ha habido otro gran atentado en suelo estadounidense, pero Europa los ha ido coleccionando desde entonces.

El mayor daño está en lo que no se hizo. Tres meses después de los atentados, el 11 de diciembre, China ingresó en la OMC con un entusiasta apoyo estadounidense. Sus exportaciones se dispararon y esa fortaleza económica la han terminado convirtiendo en poderío político y estratégico. En lo que Estados Unidos especializaba su ejército para librar guerras asimétricas, los chinos construían uno concebido para competir con un rival de su nivel. Rusia, por su parte, aprovechó la distracción estadounidense para una ola expansiva que ha ido de Georgia hasta Ucrania.

Hoy la amenaza ha cambiado de forma. Internet, el cifrado, la impresión 3D, los drones, las criptomonedas y la inteligencia artificial han bajado la barrera de entrada, aunque, eso sí, los atentados reales siguen siendo apuñalamientos, atropellos y tiroteos. La lección final que debería aprenderse es que un fallo de inteligencia cuesta un atentado, pero un fallo en la respuesta puede costar un siglo.

En La ContraRéplica:

  • 37:51 El caso Plus Ultra
  • 44:06 El 11-S y el 7-O

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