Hace dos días Keir Starmer compareció para anunciar que abandonará el cargo de primer ministro este verano. La crisis política, cuya fase final dio comienzo tras la derrota laborista de las elecciones locales en mayo, se cobra así el sexto primer ministro de los últimos diez años. Su sucesor será Andy Burnham, antiguo alcalde de Manchester que, gracias a unas elecciones parciales celebradas este mismo mes, ha entrado en el Parlamento.
Suponiendo que llegue convertirse en el próximo primer ministro, heredaría exactamente el mismo avispero que deja Keir Starmer. Una economía estancada, márgenes mínimos para endeudarse y gastar, y un electorado irritado que percibe el declive del país con el cinismo de quien ya no espera nada bueno. El problema de fondo no cambia con la persona que ocupe Downing Street, y esa es precisamente la trampa.
El dato que mejor resume la frustración británica que en 20 años la renta real del hogar británico promedio apenas se ha movido. Es, de hecho, un 25% inferior a la que tendrían si el crecimiento hubiera mantenido el ritmo que tuvo entre los años 80 y 2007. Dos décadas perdidas explican por qué la política británica se ha vuelto un simple ejercicio de gestión del malestar. Los números tampoco invitan al optimismo. La presión fiscal está en máximos, la deuda ronda el 100% del PIB y sus intereses devoran ya un 8% del presupuesto, el doble de lo que el Reino Unido dedica a defensa. Otro 25% se va en prestaciones sociales, pensiones y subsidios. Sobre ese suelo de cemento debe Burnham crear algo parecido a una estrategia.
Su dilema es el mismo que paraliza a toda Europa. Recortar partidas sociales para liberar recursos hacia la defensa o las infraestructuras envejecidas exige enfrentarse al electorado. Starmer eludió ese choque por miedo a sus diputados y a sus votantes. Su promesa de crecimiento comenzó, de hecho, subiendo impuestos a las empresas. El resultado fue un fracaso anunciado porque no existe salvación política que no pase por el crecimiento económico.
Sobre Burnham planea además una incógnita personal. Hasta hace apenas unas semanas ni siquiera era diputado, y su trayectoria como alcalde de Mánchester es más la de un reformista de izquierdas que la de un laborista moderado. Algunos de sus asesores proponen eliminar las subidas de las pensiones para ganar margen de inversión. Los economistas aplaudirían, los jubilados protestarían, la pregunta inevitable es si querrá meterse en ese lío.
El telón de fondo lo pone el mercado. El Reino Unido ya paga los tipos de interés más altos del G7 para financiarse. Carecen además del colchón de una gran divisa de reserva como el dólar o el euro. Cualquier promesa de gasto sin financiación clara dispararía esos tipos. El recuerdo de Liz Truss, que duró 49 días en el poder tras sus rebajas de impuestos sin cobertura en 2022, sigue muy vivo entre inversores y políticos.
En el exterior los problemas se acumulan. Rusia es una amenaza, Europa mira de reojo y con desconfianza a los británicos y EEUU está en pleno repliegue. Dentro, crecimiento débil, escaso espacio para reformas y una derecha identitaria que es la favorita en las encuestas. Eso fue lo que hundió a Starmer. A Burnham no le quedará más remedio que poner en marcha reformas de calado o sufrirá la misma suerte.
Para hablar de la enésima crisis política en el Reino Unido tenemos hoy a Andrea en La ContraCrónica, que ha estado siguiendo este asunto con mucha atención desde que comenzó esta ultima semana de Starmer.




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