ETA y la batalla del relato

La semana pasada se conmemoró el décimo aniversario del adiós a las armas de la banda terrorista ETA. El 20 de octubre de 2011 tres encapuchados grabaron un breve comunicado en vídeo en el que anunciaban que desde ese momento abandonaban la lucha armada. Un año antes, en septiembre de 2010, formalizaron un alto el fuego que ponía fin a más de cuarenta años de asesinatos, secuestros, extorsiones y terror generalizado en toda España. Su última víctima mortal fue un policía francés asesinado a tiros en las cercanías de París. Antes de él habían matado a un total de 853 personas en más de 3.000 atentados que dejaron unos 6.000 heridos. Seis años y medio después, en 2018, la banda se disolvió oficialmente y dieron por terminado lo que denominaron “un ciclo histórico y sus funciones”.

El ciclo histórico del que hablaban había comenzado medio siglo antes. Nacida en el ambiente nacionalista vasco de finales de los años 50, la ETA original era una organización juvenil de extrema izquierda que apostaba por la acción directa tan de moda en aquellos tiempos. Su programa descansaba en dos pilares. Por un lado, la independencia del País Vasco y Navarra y, por otro, la instauración en estos dos territorios de un Estado socialista a imagen y semejanza de los que estaban empezando a surgir en algunos países del tercer mundo recién descolonizados. Para conseguirlo decidieron que el mejor camino era el del terrorismo. Empezaron a matar en 1968 y ya no se detendrían hasta 2010.

Durante el tardofranquismo la izquierda española les convirtió en algo parecido a unos referentes de la lucha contra la dictadura, una distinción que se ganaron tras el atentado mortal contra Luis Carrero Blanco. Pero no luchaban sólo contra la dictadura tal y como demostraron recrudeciendo hasta el paroxismo su actividad criminal durante las décadas de los 70 y los 80 comprometiendo seriamente el proceso de transición a la democracia. Pusieron contra las cuerdas al Estado, pero no lograron derrotarle. Entre medias convirtieron al País Vasco en un infierno de miedo y silencio. Cientos de miles de vascos abandonaron su tierra natal y se establecieron en otras partes de España para huir de las amenazas. No materializaron ninguno de sus dos grandes objetivos, pero sus herederos políticos siguen entre nosotros. La ETA ya no existe y es muy difícil que vuelva, pero las ideas que la alimentaron permanecen donde estaban.

En La ContraRéplica:

  • Sanidad, educación y alimentación pública
  • Caso Alberto Rodríguez
  • Indígenas y mestizos en América

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.