Fútbol y Malvinas

Desde hace un tiempo cada vez que Argentina e Inglaterra juegan un partido de fútbol la cuestión de las Malvinas regresa a los titulares de prensa. Ocurrió en el reciente Mundial, disputado en suelo estadounidense, cuando los jugadores argentinos, tras remontar y ganar la semifinal por 2 a 1, desplegaron sobre el césped una pancarta con el lema «Las Malvinas son Argentinas». El gesto bastó para reavivar un contencioso que muchos daban por congelado.

La reacción británica no se hizo esperar. Keir Starmer, ya con un pie fuera de Downing Street, respondió con ironía que el Mundial quizá no fuera suyo, pero las Malvinas desde luego sí que lo eran. Nigel Farage, más beligerante, pidió rearmar a la Royal Navy para prevenir una nueva invasión. En Argentina sucedió lo contrario, derecha e izquierda celebraron al unísono la victoria en la semifinal y la pancarta de las Malvinas, algo insólito en un país políticamente tan polarizado.

Que se repita la guerra de 1982 es hoy por hoy imposible. Las armadas de ambos países son una sombra de lo que fueron. Ni Argentina puede invadir las islas ni el Reino Unido está ya en las mismas condiciones para recuperarlas. De esa guerra se acuerdan mucho más en Argentina que en el Reino Unido, donde muchos no saben ni ubicarlas correctamente en el mapa. En Argentina las Malvinas son omnipresentes. No hay ciudad o pueblo que no tenga una calle, un parque o una plaza dedicado al archipiélago o, mejor dicho, a reclamar la argentinidad de archipiélago. Es el gran consenso nacional que unifica a un país siempre enfrentado.

En Argentina se ha dado un fenómeno curioso. La invasión la ordenó la junta militar, que era de derechas, pero la causa terminó siendo algo de la izquierda kirchnerista, ya que los gobiernos de Carlos Menem prefirieron bajar el tono sobre este asunto, normalizar las relaciones con los británicos y acercarse a Estados Unidos. Javier Milei, admirador confeso de Thatcher, llegó al poder sin prestar demasiado interés a aquellas islas, pero ha terminado convirtiéndolas en uno de los reclamos de su gobierno.

Milei simplemente se ha adaptado a la nueva situación. El Reino Unido está mucho más aislado que en 1982. Hace años abandonó la Unión Europea, que en aquel momento sancionó a Argentina, y su relación con Estados Unidos no es la que era en la guerra fría. Incluso en Chile, el único aliado hispanoamericano que tuvieron en la guerra, ahora no ven mal que se negocie la soberanía.

El mayor obstáculo sigue siendo la voluntad de los isleños, descendientes de los colonos británicos que poblaron las islas hace casi dos siglos y que, en 2013, votaron casi por unanimidad seguir siendo un territorio británico de ultramar. La memoria selectiva británica olvida que, antes de la guerra, estaban negociando ceder la soberanía a cambio de que los argentinos se comprometiesen a respetar que las Malvinas disfrutasen de un estatuto especial. La invasión reventó aquel arreglo salomónico. De no haberse producido las Malvinas ya serían plenamente argentinas. Pero son más británicas que nunca. También son mucho más ricas, pero es previsible que, si se dan las condiciones adecuadas, esa negociación que quedó aparcada hace casi medio siglo, se reinicie.

En La ContraRéplica:

  • 36:48 Incendios y regulación
  • 44:24 Aviones anti incendios

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.