La palabra llegó antes que el edificio. En el inglés del siglo XIX, skyscraper significaba varias cosas. En el entorno de los marineros era la vela más alta de un velero, en el de los aficionados a la hípica un caballo de gran alzada y en el de la gente del común un sombrero de copa muy alto de esos que se pusieron de moda en torno a 1850. Cualquier angloparlante sabía a que se refería alguien cuando decía skyscraper en función del contexto. Pues bien, en la década de 1880 la prensa de Chicago dio un nuevo significado al término, empezó a aplicárselo a los edificios de oficinas que asomaban sobre los tejados. La palabra hizo fortuna porque pronto se calcó a otros idiomas. En el nuestro decimos rascacielos, en francés gratte-ciel, en portugués arranha-céu, en catalán gratacel. En alemán se quedaron algo más abajo, a los rascacielos los llaman wolkenkratzer, es decir, rasca nubes. En Holanda se limitaron a calcarlo del alemán y llaman a estos edificios wolkenkrabber.
El término rascacielos tiene algo poético porque es imposible rascar el cielo, de hecho, definir un rascacielos parece sencillo, pero no lo es en absoluto. La altura importa, pero siempre es relativa. Un edificio de 10 plantas era realmente alto en 1885, hoy en cambio pasaría inadvertido en cualquier barrio de Madrid. El Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano, más conocido por sus siglas CTBUH, considera altos a los edificios de más de 50 metros de altura, super altos a partir de 300 metros y mega altos a partir de 600, pero eso no explica lo esencial. Un rascacielos es tres cosas a la vez. Es un sistema constructivo al que se le da un uso y que parte de una ambición humana concreta. Es un esqueleto de acero u hormigón que libera a los muros de la tarea de sostener el edificio. Es un lugar habitado a diario por miles de personas que dependen del ascensor. Y es una apuesta económica y simbólica sobre un pedazo de suelo carísimo en el centro de una ciudad.
Eso de construir hacia arriba no es nuevo. La humanidad lleva milenios construyendo en vertical. Los faraones levantaron pirámides que dominan el paisaje del valle del Nilo desde hace más de 4.000 años, las ciudades medievales en Europa compitieron entre ellas por levantar los campanarios más altos y las familias nobles de la Toscana y la Romaña erigieron torres para humillar a sus vecinos y, llegado el caso, defenderse. Pero ninguna de esas obras era un rascacielos en el sentido contemporáneo de la palabra.
La verticalidad es antigua, pero el rascacielos es moderno. Nace en el último cuarto del siglo XIX, cuando coinciden cuatro factores que por separado no bastaban. El acero barato que salía de los convertidores Bessemer. El ascensor seguro, sin el cual nadie pagaría por tener una oficina en el piso 12. La ciudad densa, con sus áreas de negocios congestionadas y sus líneas de Metro que cada mañana llevan a decenas de miles de empleados hasta unas pocas manzanas en el centro. Y el capitalismo inmobiliario, que convierte el solar en mercancía y multiplica su rendimiento apilando plantas. Cuando esos ingredientes se juntaron en las ciudades de Chicago y Nueva York apareció algo nuevo.
Llenar el mundo de rascacielos no fue sencillo, tampoco rápido. Aquel invento fue resolviendo un problema tras otro, cada nuevo récord de altura fue en realidad la respuesta a una dificultad anterior. Eso también explica por qué, aunque rascacielos hay muchos, se concentran en un número sorprendentemente pequeño de ciudades.
En El ContraSello:
- 0:00 Introducción
- 3:54 La verticalidad antigua
- 16:28 Chicago y el nacimiento de los rascacielos
- 31:27 Nueva York tira hacia el cielo
- 45:21 Nuevos materiales, nuevas soluciones
- 52:46 Asia tom el relevo
- 1:03:15 ¿Por qué los rascacielos?
- 1:14:31 Los orígenes del capitalismo
Bibliografía
- “Skyscrapers: A History of the World’s Most Extraordinary Buildings” de Judith Dupré
- “Cómo leer rascacielos” de Edward Denison –
- “Skyscrapers: Structure and Design” de Matthew Wells –
- “Skyscrapers: Form & Function” de David Bennett –




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