Hoy comienza la cumbre de la OTAN, que este año se celebra en Ankara. La agenda oficial pasa por revisar los avances que se han hecho desde la cumbre de La Haya, el gasto en defensa que los europeos se comprometieron a elevar hasta el 5% del PIB en 2035, un nuevo paquete de ayuda a Ucrania estimado en 70.000 millones de euros y la crisis del golfo Pérsico. Por debajo de esa agenda late algo mucho más serio, un asunto del que se habla sin parar desde que Trump regresó a la Casa Blanca hace año y medio. Está de moda un género que podríamos llamar obituario geopolítico, en el que cualquier ensayista firma con autoridad de forense el certificado de defunción del vínculo transatlántico, la alianza que ha sostenido el orden occidental durante casi 80 años.
Los partidarios del fin de este vínculo aseguran que el mundo en el que nació el atlantismo ha desaparecido. Aquel orden surgió tras la segunda guerra mundial con Estados Unidos como garante y principal beneficiario de una comunidad de valores. La creación de la ONU, el FMI, el Banco Mundial o la propia OTAN fueron las materializaciones prácticas de esos valores compartidos. El hechizo, dicen, lo rompió Mark Carney en Davos cuando dijo hace unos meses que el padrino estadounidense ya no es liberal sino una potencia depredadora. La ruptura es doble. El llamado iliberalismo avanza dentro de Estados Unidos y el país ha cambiado su composición demográfica, los viejos patricios de la costa Este ya son muchos menos y eso afecta a las ataduras sentimentales con Europa. Biden fue, según esta versión, el último presidente atlantista, todos los que vengan después no lo serán porque EEUU ha cambiado.
El problema de los obituarios prematuros es que el difunto suele levantarse del ataúd. La alianza atlántica nunca fue solo un proyecto de valores, sino una convergencia de intereses entre dos bloques que juntos suman el 43% del PIB mundial. Las alianzas perduran cuando sus miembros perciben una amenaza común y calculan que juntos les va mejor, como ocurrió entre Francia y el Reino Unido, enemigos acérrimos hasta que Alemania se unificó en el siglo XIX. Los valores adornan la fachada, pero es el interés el que sostiene el edificio. Ambas orillas del Atlántico siguen compartiendo intereses.
El vínculo material, de hecho, lejos de deshacerse, se ha vuelto más denso. En 2025 los aliados europeos dispararon su gasto militar un 20% hasta los 574.000 millones de dólares, el mayor incremento anual de la historia de la OTAN, y los 32 socios superan ya el umbral del 2%. Alemania ha hecho saltar por los aires su freno constitucional a la deuda y Polonia camina hacia el 5%. Los 7,4 billones en inversión cruzada hablan una relación que no da señales de agotamiento.
El cambio europeo es más psicológico que material. No estamos ante un divorcio, sino ante una redefinición de funciones, la primera en los 77 años que tiene la OTAN. Europa asumirá la defensa convencional del continente y Estados Unidos conservará los facilitadores estratégicos, la disuasión nuclear y el ataque de largo alcance. En ese reparto Ucrania emerge como pieza central, tienen el ejército terrestre más poderoso de Europa y mucha experiencia bélica. Esa factura no tardarán en cobrársela. Los europeos, en definitiva, han aprendido que su antiguo padrino no es del todo fiable, ni se puede contar con él para todo, una lección que deben agradecer a Trump.
En La ContraRéplica:
- 35:02 Trámites en los consulados
- 42:50 El fin del formato físico
- 49:31 Propiedad y licencias de software




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