Donald Trump encara las elecciones de medio mandato con una estrategia que mezcla dos ingredientes clásicos en él: el dinero y el miedo. Como las elecciones las tiene cuesta arriba ha recurrido a la chequera. Desde la convención republicana de septiembre, el presidente no ha dejado de anunciar pagos a distintos colectivos. El más llamativo es un cheque de varios miles de dólares para cada adulto del país, una operación que costaría más de un billón, pero que sólo solo llegará a los bolsillos de los estadounidenses si su partido conserva el control de las dos cámaras del Congreso. A esa oferta se han sumado pequeñas devoluciones a pensionistas y a usuarios de la reforma sanitaria de Barack Obama, recompensas para quien denuncie fraudes, compensaciones a los veteranos de una base militar con problemas con el suministro de agua potable y concesiones a los productores de maíz condicionadas a que gane un senador concreto.
El recurso no es nuevo. Hace solo seis años el propio Trump fue quien firmó los cheques de la pandemia en vísperas de las presidenciales de 2020. Un par de años más tarde Joe Biden anunció la condonación de préstamos universitarios antes de las legislativas de 2022. Eso no evitó que su partido perdiera la Cámara de Representantes. Pero Trump ya prometió en el pasado pagos que nunca llegaron, quizá por eso las encuestas indican que la mayoría de los votantes ve con malos ojos su gran cheque, que además dispararía el déficit y alimentaría la inflación.
El campo ilustra bien la razón de estas ayudas. El Gobierno de Estados Unidos ha anunciado un rescate de varios miles de millones de dólares para compensar a los agricultores por el encarecimiento del gasóleo y los fertilizantes, consecuencia directa de la guerra que el propio Trump hizo estallar en el golfo pérsico a finales de febrero. Pero por mucho dinero que vierta sobre los agricultores no pasará de ser un parche electoralista que deja intacto el origen del problema. El sector arrastra una deuda récord agravada por las guerras comerciales. Su confianza en el rumbo del país se ha desplomado en apenas un año, y eso pesa en estados tradicionalmente republicanos como Kansas o Texas, donde los escaños en el Senado están muy reñidos. Hoy las transferencias federales suponen ya casi un tercio de la renta agraria, una dependencia que los propios agricultores preferirían evitar.
El otro ingrediente es el miedo. Han vuelto aquellos anuncios televisados en los que el presidente prometía liberar al país de sus enemigos, junto a discursos como el del vicepresidente JD Vance, que ha acusado a los demócratas de ser el partido del odio. Recuperan una receta que Spiro Agnew, vicepresidente de Richard Nixon, bautizó en los años 70 como polarización positiva. Entonces sirvió de poco, porque a los votantes les preocupaban más la inflación, el paro y la guerra de Vietnam que las soflamas catastrofistas del Gobierno.
El mapa electoral no invita al optimismo para los republicanos. La impopularidad del presidente ha puesto en entredicho estados que parecían seguros, aunque los demócratas también tienen candidatos problemáticos y una marca electoral muy deteriorada por sus propios radicales. El Senado sigue en el aire y la Cámara de Representantes parece inclinarse hacia los demócratas. A los republicanos les queda la ventaja del dinero, aunque la historia nos dice que el bolsillo del votante pesa más que el miedo al adversario.
0:00 Introducción
3:50 La chequera como programa electoral
20:44 Premios iVoox
22:27 El campo, primera víctima de la guerra
31:14 “La ContraHistoria del mundo”
32:51 La vieja receta de la polarización
41:35 Disturbios en Francia
50:06 El desastre económico de Trump




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