Llevan los peruanos unos diez años realizando un experimento político en vivo del que toda Hispanoamérica (y también España) debería aprender, pero para no reproducirlo. Este domingo han vuelto a las urnas en unas elecciones muy esperadas para elegir presidente, dos vicepresidentes, 130 diputados, 60 senadores y 5 representantes para el Parlamento Andino. Nótese que está incluido el Senado, una cámara eliminada en 1992 tras el autogolpe de Alberto Fujimori. En principio estas elecciones deberían aclarar el panorama y reencauzar la vida política del país, pero lo más probable es que no sea así.
Para entender lo que está en juego hay que recordar de dónde viene Perú. La última década ha sido un larguísimo desfile de presidentes. Desde Ollanta Humala han pasado por la Casa de Pizarro ocho presidentes en diez años y ninguno ha conseguido terminar su mandato. Casi todos cayeron por una figura legal, la de la vacancia presidencial por incapacidad moral, una herramienta decimonónica convertida en arma arrojadiza entre el Ejecutivo y el Legislativo. Hoy cuatro expresidentes están de forma simultánea en el penal de Barbadillo: Pedro Castillo, Martín Vizcarra, Ollanta Humala y Alejandro Toledo. El episodio más sonado fue el de Pedro Castillo, aquel maestro rural con un vistoso sombrero que en diciembre de 2022 intentó disolver el Congreso por decreto mediante un autogolpe de Estado. Su sucesora, Dina Boluarte, gobernó tres años con una aprobación que llegó a desplomarse al 3% hasta ser destituida a finales del año pasado.
Sobre ese terreno tan resbaladizo se han celebrado las elecciones. La oficina encargada de organizarlas, la ONPE, las ha definido como las más complejas de la historia, y razón no les falta. Se presentaron un total 35 candidaturas presidenciales para un electorado fragmentado hasta la atomización. La gran protagonista ha vuelto a ser Keiko Fujimori en su cuarto intento. Hija del expresidente, lleva dos décadas siendo el rostro visible del fujimorismo, ese movimiento que combina liberalismo económico con autoritarismo conservador y que cuenta con mucho arraigo en ciertas capas sociales. Ha perdido tres segundas vueltas consecutivas y su Fuerza Popular sigue siendo una de las pocas estructuras de partido organizadas que quedan en pie. Promete orden, mano dura contra la criminalidad y reformas económicas en la línea de Milei.
La campaña giró sobre tres ejes: la inseguridad ciudadana, el deterioro económico y la corrupción. La jornada electoral ha sido muy accidentada. Se produjeron retrasos en la llegada de papeletas y hubo problemas en el voto en el extranjero. El director de la ONPE, de hecho, ha tenido que dimitir. Con el 92% escrutado, Keiko Fujimori va a la cabeza con un 17%. Le siguen, casi empatados, Roberto Sánchez de Juntos por el Perú con un 12%, y Rafael López Aliaga de Renovación Popular con otro 12%. Jorge Nieto queda cuarto con un 11%.
Conviene leer estos números con perspectiva: 83 de cada cien peruanos votaron por otro candidato distinto al ganador. Los dos finalistas sumarán juntos apenas el 30% del voto. El próximo presidente llegará por puro rebote, con poca legitimidad de origen, condenado a gobernar con un Congreso atomizado y la espada de Damocles de la vacancia sobre su cabeza desde el primer día. La segunda vuelta del 7 de junio decidirá quién ocupa el cargo, si es que llega siquiera a un año sin que lo saquen de ahí.
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