El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich.
Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”.
La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes,
La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento.
Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia.
Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.
Bibliografía
- “Propaganda nazi” de Juanjo Ortiz
- “Joseph Goebbels, el genio de la propaganda” de George Todorov
- “En la mente nazi” de Laurence Rees
- “La revolución cultural nazi” de Johann Chapoutot
- “La cultura en la Alemania nazi” de Michael H. Kater




«dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación». En esas mismas andamos ahora.