Desde 1945 Estados Unidos ha intervenido en numerosas guerras y casi todas las ha perdido o las ha dejado en un desagradable empate, quizá también la actual con Irán, donde todavía no ha logrado ninguno de los objetivos declarados por el Gobierno de Trump. La lista habla por sí misma. La de Corea acabó en tablas, Vietnam fue una derrota clara, y lo mismo cabe decir de Irak en 2003 y de los veinte años que junto a sus aliados de la OTAN pasó en Afganistán, dos décadas y un dineral gastado para huir a la carrera en agosto de 2021. De la de Kosovo en 1999 se suele hablar como una victoria, pero lo cierto es que Serbia obtuvo al final mejores condiciones que las ofrecidas antes de los combates. La única excepción fue la guerra del Golfo de 1991.
El fracaso no se explica por falta de dinero, potencia de fuego ni valentía de sus soldados, porque de todo eso van sobrados. Las razones son estratégicas y estructurales. Estados Unidos libra guerras que escoge librar allá donde no se despacha nada especialmente grave para sus intereses nacionales, pero los objetivos que se ponen suelen ser muy ambiciosos. Esos objetivos a menudo pasan por rehacer otros países a su imagen y semejanza. Sus enemigos, en cambio, se juegan la supervivencia o la independencia, de modo que están mucho más dispuestos al sacrificio. En las guerras asimétricas el débil no vence en el campo de batalla, sino evitando ser aniquilado hasta que el fuerte concluye que seguir metido en eso no le compensa.
Esto explica buena parte de la historia bélica de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial. China frenó en Corea lo que veía como amenaza existencial, el nacionalismo comunista venció en Vietnam, y Saddam Hussein no suponía una amenaza en 2003 cuando se puso en marcha la Operación Libertad Iraquí. Unos años antes, en la guerra del Golfo, todo funcionó bien porque los objetivos bélicos coincidieron con los intereses nacionales, Bush padre terminó rápido y no tomó Bagdad.
La cuestión es que una superpotencia tan absoluta no encuentra intereses vitales que justifiquen grandes sacrificios, aunque precisamente por eso, porque son muy poderosos, tengan propensión a intervenir en cualquier parte. Su problema siempre ha sido elegir las guerras y los objetivos equivocados. Si ese problema persiste es porque la élite que maneja la política exterior en Washington se resiste a rendir cuentas y aprender de sus errores.


«Esos objetivos a menudo pasan por rehacer otros países a su imagen y semejanza». Algo que en principio no está mal porque se irían sumando a la lista más países con un sistema de gobierno parecido al de Occidente, en el terreno es imposible. Aquella gente está en otro estadio de evolución social y política, y se la pelan la democracia, los derechos humanos y demás palabrería… Y eso sin conocer toda la podredumbre y falsedad que gastamos nosotros: los libres, avanzados y demócratas.