Snow y el misterio del cólera

El padre de la epidemiología fue un médico británico llamado John Snow. Nació en York en 1813, en el seno de una familia humilde, y tras aprender el oficio a la manera tradicional en Newcastle, viajo a Londres a pie en 1836 para formarse como médico. Antes de pasar a la historia por el cólera, se ganó un nombre como anestesista. Estudió con rigor matemático el éter y el cloroformo, diseñó inhaladores bien calibrados y llegó a administrar cloroformo a la reina Victoria en el parto del príncipe Leopoldo en 1853, lo que legitimó de golpe la anestesia obstétrica frente a los escrúpulos religiosos que eran muy comunes en la época.

Pero su gran obra fue otra. En una época dominada por la teoría del miasma, según la cual las epidemias se transmitían por el aire corrompido, Snow estaba convencido de que el cólera viajaba en el agua contaminada por las heces de los enfermos. Hizo primero un razonamiento clínico constatando que la enfermedad afectaba primero al intestino y no a los pulmones. La prueba sobre el terreno la obtuvo en 1854, cuando un brote fulminante mató a más de 600 personas en el Soho londinense. Snow recorrió las calles casa por casa, anotó las muertes y trazó un mapa que las concentraba alrededor de una fuente de agua en Broad Street. Convenció a las autoridades para retirar la manija del surtidor, algo que se ha convertido en todo un símbolo de la medicina.

Reforzó la investigación en Broad street con un experimento a gran escala al sur del Támesis, donde comparó la mortalidad según la compañía que suministraba el agua. Murió en 1858, a los 45 años, fue enterrado de forma muy discreta, casi sin honores, y hasta ridiculizado por defender que el mal olor no mataba. Décadas después, Pasteur y Koch le dieron la razón.

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