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Abascal tiene la mano en esta partida

No diré que era inevitable, pero si algo que entraba dentro de lo previsible. Poner de acuerdo a PP, Ciudadanos y VOX no iba a ser fácil a pesar de lo felices que tanto Casado como Rivera se las veían hace sólo un mes. ¿Por qué? Por una razón sencilla de entender. Hasta el 2 de diciembre todo el espacio político a la derecha del PSOE tenía dos jugadores, ahora tiene tres.

El tercero ha entrado, además, con gran fuerza. VOX en Andalucía se ha estrenado con el 11% de los votos y 12 escaños, sólo cinco menos que la franquicia local de Podemos. Para más INRI no es precisamente VOX un partido cualquiera. A día de hoy es un programa electoral andante. Saben que o son coherentes o sus recién adquiridos votantes se olvidarán de ellos y lo pagarán en las municipales de mayo.

Quizá dentro de dos o tres años ya pueden permitirse traicionar al electorado en algunas cosas, hoy sería un suicidio. En otras circunstancias que VOX sea nuevo y sus dirigentes estén persuadidos de la bondad de su programa sería algo intrascendente, pero da la casualidad de que es decisivo. Puede hacer que gobierne una coalición entre el PP y Ciudadanos y, a un tiempo, evitar que gobierne otra coalición formada por PSOE y Podemos. Es la cuña que faltaba entre los dos grandes bloques y ha venido a surgir por la derecha.

La única combinación que se escapa a su alcance es un hipotético (e improbable) acuerdo entre Susana Díaz y Juan Manuel Moreno. En ese caso sumarían 59 escaños, cuatro por encima de la mayoría absoluta, y VOX no podría hacer nada para evitarlo. Pero eso no va a suceder, antes se helará el infierno. Esto no es Alemania, aquí PP y PSOE, salvo contadísimas excepciones, no pactan por principio.

Ni en el mejor de sus sueños Santiago Abascal imaginaba verse así hace tan sólo un par de meses. Por eso está en condiciones de exigir. En una democracia parlamentaria lo único que cuentan son los escaños. En las generales de 2016 Ciudadanos obtuvo un 13% de los votos, dos puntos más que VOX en Andalucía, pero sus 32 escaños en el Congreso de los Diputados no sirven para casi nada. Para que Rajoy fuese investido en octubre de aquel año hubo de abstenerse el PSOE, y cuando Sánchez le descabalgó de la poltrona a mediados del año pasado nada pudo hacer Ciudadanos para evitarlo.

Visto así la cosa cambia. Las matemáticas esta vez le han sido propicias a VOX. No fue así en las europeas de 2014, cuando el partido debutó con Alejo Vidal-Quadras como cabeza de cartel y se quedó a 50.000 votos de conseguir un escaño. Toda la suerte que les faltó entonces ha corrido en su auxilio ahora, por lo que quieren mostrar músculo y convicciones ante un electorado que en menos de cinco meses está convocado a un superdomingo electoral en el que se renovarán todos los ayuntamientos, los parlamentos de trece autonomías, las dos ciudades autónomas y los 59 escaños que le corresponden a España en el parlamento de Estrasburgo.

Las elecciones andaluzas, en resumen, no han sido más que un aperitivo de lo que vendrá el 26 de mayo. A VOX, además, le están analizando con microscopio de precisión subatómica. Desde la izquierda le lanzan furibundos ataques, de hecho se les han acabado ya los calificativos y llevan semanas variando sobre el mismo tema del racismo, el machismo, la xenofobia y la ultraderecha. En el PP y Ciudadanos han afrontado el contratiempo de un modo algo diferente.

Para evitar perder más votos ambos han enfatizado su mensaje a favor de la unidad de España, que es uno de los puntos definitorios del programa voxista. A partir de aquí el PP se ha escorado a la derecha y Ciudadanos a la izquierda para ganar espacio a costa del PSOE, a quien creen débil y desubicado por las continuas torpezas de Sánchez. A Ciudadanos no le está costando demasiado porque es un partido muy líquido que adopta la forma del conducto por el que fluye.

En el PP la contorsión es mayor. Casado ha recuperado a algún diplodocus del aznarismo tipo Fernández Lasquetty, personaje turbio de principio a fin que hasta hace no mucho andaba dándose palmadas en la espalda con Ignacio González, Francisco Granados y demás fauna que chapoteaba en las zahúrdas de Esperanza Aguirre. Con este tipo de «renovaciones» es normal que muchos votantes hayan salido en estampida del PP. No olvidemos que en Andalucía el candidato popular perdió 320.000 votos con respecto a los que él mismo obtuvo en 2015.

Aunque la estrategia de ambos difiere, en lo que se han puesto de acuerdo es ignorar la existencia de VOX. En parte por genuino complejo, tan habitual en la derecha española desde siempre, y en parte porque si algo se ignora es porque ese algo no importa. Quieren transmitir la idea de que VOX es intrascendente, un mero adorno que no cuenta para nada.

El acuerdo lo negociaron sin siquiera invitar a los representantes de VOX y sólo cuando estuvo concluido se lo mostraron con indisimulado desdén. En el mismo incluyeron deliberadamente su voluntad de continuar con la agenda de género de la actual administración socialista a sabiendas de que, para aceptarla, VOX tendrá que ponerse de rodillas.

Era este un punto importante para Rivera, que aspira a llegar a mayo haciendo ver que no ha transigido en nada y que si VOX le dio su apoyo en Andalucía fue porque quisieron, no porque él lo pidiese. De ahí su obsesión con no reunirse con ellos ni aparecer siquiera en la misma fotografía. A la humillación quieren sumar el escarnio público.

Y aquí, en este pase cambiado por la espalda, es donde la estrategia pergeñada por Lasquetty y Villegas ha demostrado su inconsistencia. Quizá pensaban que como son unos pipiolos en política pasarían cualquier cosa. Craso error. Tal vez Francisco Serrano sea un novato, no así Abascal, un político profesional que lleva toda su vida en esto y les ha visto venir. Un político profesional que se fue del PP porque había prometido una cosa e hizo la contraria. Un político profesional que lleva cinco años atravesando a solas un desierto implacable entre el menosprecio de unos y el pitorreo de otros.

No habían calibrado bien al personaje, seguramente le subestimaron del mismo modo que, en su momento, el PSOE subestimó a Pablo Iglesias, un tipo que, allá por 2014, no tenía nada que perder porque venía del arroyo y en cambio todo que ganar. Abascal está hoy en esa posición. Haga lo que haga gana. Si decide supeditar su apoyo a que se suprima la ley de violencia de género andaluza les habrá doblado la mano y conseguirá el puesto en la mesa que le habían negado. Si fuerza la repetición de elecciones habrá salvado la cara ante sus votantes y se presentará en mayo con un expediente inmaculado.

Según se han colocado las piezas sobre el tablero el dilema no lo tiene él, lo tienen ellos. Abascal se ha clavado y no hay más juego que el que él mismo consienta.

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