Durante los últimos dos meses el mercado energético se ha mantenido en una relativa y anormal calma. Algo realmente difícil de justificar ya que la guerra entre Estados Unidos e Irán, agravada por los bombardeos israelíes y los ataques iraníes a buques mercantes y a sus vecinos del golfo, ha cerrado el estrecho de Ormuz. A pesar de todo ello el barril Brent se ha mantenido durante semanas por debajo de los 90 dólares. Ahora parece que las cosas están cambiando. El barril superó la semana pasada los 120 dólares y se afianzado por encima de los 100. Pero los mercados de futuros siguen apostando por una rápida normalización, algo que requeriría que se produjeses tres milagros de forma muy seguida: un acuerdo de paz inmediato y satisfactorio para ambas partes, la reapertura del estrecho y el restablecimiento del flujo de crudo.
Entretanto, los inventarios mundiales se aproximan a mínimos, las reservas de productos refinados son pequeñas y Estados Unidos entrará en breve en temporada de vacaciones. Hoy en el mercado hay unos 12 millones de barriles diarios menos que hace dos meses, lo que equivale a una décima parte del consumo mundial. Las tres posibles palancas para cuadrar el balance no funcionan. La capacidad ociosa saudí y emiratí está atrapada al otro lado del estrecho, el crudo no convencional estadounidense no puede reaccionar con la rapidez necesaria y Rusia no puede incrementar la oferta por los continuos ataques ucranianos a sus refinerías. Solo queda tirar de inventarios, una solución insostenible en el tiempo.
Los efectos se reparten desigualmente por el mapa. En África oriental ya hay colas en las gasolineras. Asia ha reducido el refino, algunos países como Indonesia, Pakistán y Filipinas están a un mes de empezar a racionar la gasolina. Europa, aunque tiene acceso a crudo, carece del gasóleo y el queroseno que necesita ya que la mayor parte de sus refinerías están configuradas para producir gasolina, y las fuentes alternativas en Rusia, la India y el Golfo hoy ya no son accesibles. Estados Unidos, pese a ser exportador, ve cómo el galón se acerca a los 5 dólares, un nivel políticamente explosivo.
El optimismo de los operadores se sustenta en que tanto Trump como los ayatolás necesitan un acuerdo. Pero ambos bandos podrían estar subestimándose mutuamente. Irán resistió ya las sanciones en 2018 y tiene incentivos para alargar la negociación. Para Trump es más importante no firmar un acuerdo peor que el de Obama en 2015 que el precio del galón. Aun con acuerdo, la reapertura total del estrecho llevaría meses. Hay que retirar minas, reactivar pozos y refinerías, y reorganizar la flota petrolera.
Algunos gobiernos ya están aplicando medidas que recuerdan a las crisis petroleras de los años 70, medidas tales como jornadas laborales reducidas, topes de repostaje, prohibiciones de exportación de refinados. Esas mismas crisis del pasado nos enseñan que, una vez dentro, no se sale de ellas rápidamente. Aunque Europa depende menos del petróleo que en aquel entonces, aún sigue aportando un tercio de su energía primaria. Sin un acuerdo rápido que reabra Ormuz, conviene ir abrochándose el cinturón.
En La ContraRéplica:
- 34:34 Inmigración
- 42:12 Precios del petróleo
- 47:21 Vito Quiles y Begoña Gómez




Be the first to comment