Lanzas, sangre y honor

Todos hemos oído hablar de los torneos medievales, incluso los hemos podido ver en el cine. Aparecieron en la Francia del siglo XI. En esos primeros tiempos se les conocía como melé y eran simples peleas, batallas en miniatura que se libraban a campo abierto con armas afiladas, cargas a galope, heridos y en ocasiones también muertos. Aquellas melés servían para mantener engrasada la maquinaria de guerra en tiempos de paz ,y para que se luciesen los mejores caballeros de cada señorío. La Iglesia condenaba la práctica, pero sin demasiado éxito ya que pronto empezaron a verse melés por toda la Europa occidental.

Ya en el siglo XIII la melé fue cediendo terreno a la justa, un combate singular y teatralizado entre dos caballeros separados por una liza de madera. Aquella barrera, creada por por los italianos del siglo XIV, reducía el riesgo de morir en combate y permitía que la justa se convirtiese en un gran espectáculo que congregaba a multitudes. El torneo se transformó así en un escaparate cortesano con heraldos que anunciaban a los contendientes, damas que entregaban los premios, y un código heráldico fácilmente reconocible que permitía saber el linaje de cada caballero aunque llevase el yelmo cerrado. El honor era lo que estaba en juego, aunque, eso sí, las justas de los siglos XIV y XV movían ya una cantidad de dinero considerable.

En origen los caballeros iban armados con una simple cota de malla, poco a poco fueron adoptando piezas duras, primero de cuero hervido y luego de metal. La armadura de los siglos XV y XVI estaba ya muy trabajada. Para las justas se fabricaban en los talleres de Milán o Augsburgo armaduras de placas que cubrían en cuerpo entero. Esas armaduras llegaron a alcanzar precios de escándalo, pero los caballeros pagaban gustosos. Maximiliano de Habsburgo dio nombre a la modalidad estriada, la cumbre de las armaduras que llegó justo cuando la pólvora y las armas de fuego portátiles empezaron a cambiar la cara a la guerra.

Pero el torneo era también un negocio. Los rescates que pedían los vencedores, los caballos destreros criados en Flandes o en Andalucía y los séquitos que acompañaban a los caballeros movían fortunas y trastornaban la vida de las ciudades que acogían una justa durante semanas. Organizar un buen torneo otorgaba un gran prestigio al anfitrión y dejaba mucho dinero allá donde se celebraba.

A mediados del siglo XVI empezaron a decaer y su declive fue muy rápido. Los arcabuces y mosquetes hicieron de la armadura algo inútil, disciplinados cuerpos de infantería como los tercios desplazaron a la caballería pesada y la nobleza empezó a perder el interés en participar directamente en las guerras. Hubo también un desgraciado accidente. En 1559 durante una justa que celebraba en París el matrimonio de Felipe II de España e Isabel de Valois, el rey de Francia murió a consecuencia de las heridas tras medirse con el conde de Montgomery. Su viuda, Catalina de Médici prohibió los torneos en toda Francia y a partir de ahí fueron perdiendo atractivo.

Pero de los torneos medievales nos queda más de lo que pensamos. La heráldica pervive hasta nuestros días, también la idea caballeresca del juego limpio y el respeto al adversario. Para hablar de este tema tan sugerente vuelve a La ContraHistoria Yeyo Balbás, alguien para quien la edad media no tiene secreto alguno.

Bibliografía

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