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China frente a sus fantasmas

La China popular es fruto de una guerra civil y no de una revolución como suele afirmarse un tanto a la ligera. La revolución vino después, cuando Mao Zedong y los suyos ya se habían amarrado al poder que, por descontado, sería absoluto y vitalicio. A Mao sólo le separaría de él la parca en septiembre de 1976. Tenía la misma edad que Franco y murieron casi a la vez, con diez meses de diferencia. Ambos le debían el poder y el régimen que instauraron a una guerra fratricida. La de China, eso sí, duró mucho más que la española: 22 años, desde 1927 a 1949, con un alto el fuego durante la segunda guerra mundial para combatir a los invasores japoneses. Tras aquello se reiniciaron las hostilidades que concluyeron tres años más tarde con la victoria del ejército popular de liberación.

Setenta años después ese ejército sigue siendo la columna vertebral de la República Popular China, cuenta con unos dos millones de efectivos y dispone de cabezas nucleares desde los años 60. Eso le convirtió en una amenaza durante la guerra fría, la segunda más temible después de la Unión Soviética. Pero la China de Mao y la URSS no se llevaban especialmente bien. Tras la muerte de Stalin los chinos rompieron con sus aliados soviéticos y desplegaron su propia política exterior, lo que incluía el acercamiento a EEUU en tiempos de Nixon.

Aquello sería el preámbulo de una serie de reformas en profundidad que se llevaron a cabo durante la siguiente década. Todas fueron de tipo económico y posibilitaron un fulgurante despegue económico que ha colocado a China como segunda potencia mundial. Se pensó que eso sería la antesala de una liberalización política como la de Europa del este. Pero nada de eso sucedió en China. El partido comunista cercenó de cuajo todos los movimientos que pedían democracia y apertura. El sistema se blindó tras la masacre de Tiananmen en 1989 y, aunque la China de hoy no es tan opresiva como la de los 60, no se puede hablar libremente y no está permitido ningún tipo de pluralismo político.

Estamos, por lo tanto, ante un país que se ha enriquecido a ojos vista, en el que la riqueza ha alcanzado a todas las capas de la población, pero que políticamente sigue siendo el mismo que Mao Zedong fundó hace 70 años. La prosperidad ha traído una nutrida clase media urbana que multiplica por varios dígitos la renta per capita de sus padres y abuelos. La falta de libertad la ha amortiguado eso mismo, pero el PIB no va a crecer eternamente por encima del 6% anual y la ventaja comparativa con otros países no se mantendrá siempre.

Más pronto que tarde el modelo parido por Deng Xiaoping tras la desaparición de Mao tenía que empezar a fallar por algún lado. Contra pronóstico no lo ha hecho en el interior, sino en el exterior. El principal cliente de China es EEUU y desde hace un par de años las relaciones comerciales entre ambos se han enfriado bastante. Podríamos cargar todas las culpas sobre los hombros de Donald Trump, pero la culpa no es enteramente suya. A estas alturas no es ningún secreto que Pekín subsidia a infinidad de empresas, que patrocina el espionaje industrial y que mira con buenos ojos el robo de propiedad intelectual a las compañías occidentales, al tiempo que las discrimina para operar en el país.

Junto a esto el nuevo papel de China como potencia supone ya un desafío para la preponderancia estadounidense en extremo oriente. En países como Japón, Corea del Sur y, no digamos ya, Taiwán, China se percibe como la principal de sus amenazas. En Europa aún no la consideran como tal, pero han empezado a encenderse las primeras alarmas tras casos como el de Huawei y el espionaje a través de las redes de telefonía móvil. Evidentemente no ha alcanzado el nivel de amenaza que constituyó la Unión Soviética durante cuarenta años, pero es la primera vez desde la caída del Muro en que surge un contrapoder efectivo a EEUU.

Ahí es donde encaja la política china de Trump, que va mucho más allá de lo meramente comercial, de una simple querella arancelaria. Recordemos como hace dos meses Trump pedía expresamente que las empresas estadounidenses abandonen China y busquen alternativas en otros países. A raíz de cosas como esta muchos hablan de una nueva guerra fría, pero, a pesar de los titulares catastrofistas, la relación de EEUU con China sigue siendo muy fluida. Hay decenas de miles de estudiantes chinos en EEUU y de estadounidenses en China, millones de turistas cruzan el Pacífico cada año y la relación comercial es intensa aún con guerra arancelaria de por medio.

El comunismo chino es, a fin de cuentas, práctico y cínico, sabe modificar sus eslóganes y modular el relato. El relato revolucionario lo abandonó hace tiempo y se encuentra ahora inmerso en uno netamente patriótico. Se reclama la historia imperial y, hasta cierto punto, se muestra al partido como una dinastía más, la sucesora natural de la dinastía Qing, que pasó a mejor vida en 1912 con la proclamación de la República de China que aún subsiste en su forma taiwanesa.

Ese es el relato oficial: prosperidad y estabilidad. En el mundo real, sin embargo, el régimen enfrenta a sus propios fantasmas. La economía no crece como solía, el sistema financiero está muy endeudado, la población envejece a gran rapidez, prolifera la corrupción en todos los niveles administrativos y fuera del país se les está dejando de ver como una potencia emergente y pacífica. No son, eso sí, retos tan formidables como con los que se encontró al morir Mao. En aquel momento el país estaba en la ruina económica y moral más absoluta. China había tocado fondo, a peor no podía ir. Ahora es diferente en una cosa, ahora sí pueden ir a peor.

Su líder Xi Jinping es plenamente consciente de ello y de que eso mismo podría remover las aguas del estanque. No existe oposición interna visible, pero tiene que haberla invisible, más aún en una organización tan burocrática como el Partido Comunista Chino. Si él ha conseguido escalar hasta la cima y permanecer en ella lo ha hecho a costa de otros que tenían el mismo plan. Esas luchas intestinas permanecen tras un telón impenetrable, nadie en su sano juicio dentro de China publicaría asuntos de esta índole. No hay, además, donde esconderse. El régimen ha perfeccionado los controles sociales hasta límites inauditos. Es la primera ciberdictadura de la historia. Mediante el infame sistema de crédito social el Estado lo graba todo, lo sabe todo y aplica los castigos cuando corresponde.

Podría ser que esto permanezca así durante mucho más tiempo. China es un país milenario de digestión lentísima. Pero podría también suceder que algún disparador externo precipite una crisis interna. Léase, por ejemplo, una recesión económica que frenase de golpe el sueño chino. Eso no lo sabemos. Nadie el 1 de enero de 1989 podría haber adivinado que sólo 365 después todo el imperio soviético estaría en quiebra. Predecir no sirve de nada. Por de pronto quedémonos con el mega desfile del aniversario, el mayor de su historia. Pudiera ser que el clamor de las trompetas oculte otro que late mucho más profundo en la sociedad china.

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