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Contorsiones sobre un alambre

A excepción de los firmantes y su círculo más cercano a todos nos pilló por sorpresa el acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Andaba todo el mundo con el pactómetro en la mano, unos hablando de un Gobierno en solitario tolerado por el PP y cogido con alfileres, otros con una gran coalición a la alemana, algunos con una inminente repetición de elecciones porque la confusión creada por los comicios era mayor que la que venía a corregir. En estas estábamos cuando, de repente, a media mañana del martes se anunció que el pacto ya estaba listo, un pacto que nadie esperaba: PSOE y Podemos con apoyos externos perfectamente reconocibles.

No era casual que nadie hubiese apostado por un acuerdo así. Ambos habían tenido seis meses para suscribirlo en incluso mejores condiciones y no lo hicieron. Sánchez llegó a decir que imaginar a Pablo Iglesias en el Gobierno le quitaba el sueño. Quería los votos de Podemos, claro, pero sin dar nada a cambio o dando muy poquito.

El anticipo electoral llegó en buena medida a causa de este conflicto dentro de la izquierda. Sánchez pretendía dinamitar Podemos y quedarse con parte de sus votos para así alcanzar sus anhelados 150 escaños que le permitiesen gobernar en solitario con relativa tranquilidad. Pero no ganó escaño alguno, perdió tres y 750.000 votos. Podemos también salió magullado del 10-N, pero mantuvo el tipo y 35 escaños que le permiten seguir con vida y con grupo parlamentario propio.

El nuevo escenario obligaba a Sánchez a actuar rápido para que no le moviesen, una vez más, la silla en Ferraz. Corría por los mentideros de la Corte la especie de que estaba ya amortizado y que quizá lo mejor era apartarle y poner en su lugar a un candidato de consenso, una vaca sagrada tipo Josep Borrell o Felipe González para forjar un Gobierno de concentración con el PP y Ciudadanos. Podemos tampoco estaba para muchas fiestas. Es la historia del partido menguante. En menos de cuatro años ha pasado de 71 a 35 diputados, justo la mitad. Empalma una crisis interna con otra, ha tenido varias escisiones y muchas confluencias de los primeros días desconfluyeron hace tiempo.

Tanto el uno como el otro andaban con urgencias. Pero el poder lo cura todo, transforma los males en bienes y hace que se olviden los fracasos. No quedaba otra que abrazarse y hacer de ese abrazo algo bien visible. Pero un abrazo no basta. Un acuerdo de Gobierno tiene que sustanciarse en algo tangible. Como 48 horas es muy poco tiempo sólo atinaron a consensuar diez puntos que son simple palabrería, un monumento a Perogrullo. Casi cualquier partido político suscribiría algo así con mínimas modificaciones. Se dejaron no ya la letra pequeña, sino la esencia misma del acuerdo.

No dicen, por ejemplo, qué van a hacer con la reforma laboral, ni si habrá control de precios en los alquileres, ni cuánto, cuándo y a quién le van a meter el previsible rejón fiscal, ni cuántas tasas verdes se van a inventar para luchar contra el cambio climático, ni de dónde van a sacar el dinero para hacer política social con la deuda pública disparada y una recesión en ciernes. Y así podríamos continuar un buen rato. La política se nutre de hechos, no de gestos.

De todos los puntos el más esperado y en el que previsiblemente saltarán chispas es el noveno. Hablan de abordar el problema en Cataluña dentro de la Constitución, pero es precisamente la Constitución lo que molesta a los independentistas, que en tan buena sintonía están con Iglesias y su partido. No parece que vaya a haber mucho diálogo a no ser que ERC se convierta por arte de magia en un partido autonomista y se olvide de la independencia. Quizá algunos de sus líderes estarían por la labor, pero no sus bases y, mucho menos, sus votantes.

Parece una cuestión baladí pero no lo es en absoluto. PSOE y Podemos suman 155 escaños, necesitan 21 para la mayoría absoluta con la que podrían, por ejemplo, aprobar los presupuestos anuales. Para ello necesitarán el concurso de ERC y no menos de dos aliados más a elegir entre 12 ó 13. De manera que el noveno punto del acuerdo, el relativo a Cataluña, será motivo de roces continuos dentro y fuera de la coalición y terminará por hacer naufragar la legislatura. Porque al final, no nos engañemos, todo pasa por resolver la cuestión catalana y hacerlo dentro de la legalidad.

Ahí ambos tendrán que hacer contorsiones encima de un alambre porque no está en su mano cambiar el marco legal. Reformar la Constitución requiere muchos más apoyos de los que dicen tener Sánchez e Iglesias. Luego no sería de extrañar que este Gobierno «de progreso» que llega con tanta fanfarria se quede en simple usufructo del poder, colocación de afines en cargos de confianza y consolidación de una tupida red clientelar sobre la que apoyarse de cara a las próximas elecciones que, según pinta la cosa, serán mucho antes de lo que Pedro Sánchez espera.

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