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El desentierro

La semana pasada aparecieron por Madrid unas pintadas que decían «Franco vive«. Llamaban la atención porque el nombre de Franco hace décadas que desapareció de la calle y de las conversaciones cotidianas. La mayor parte de los españoles vivos nacimos a lo largo de los últimos 50 años lo que implica que no guardamos recuerdo alguno del dictador. Sabemos de él por lo que nos han contado o lo que hemos tenido a bien leer. La opinión que de él se tiene no es por lo general buena, pero tampoco hay dramas, el agua pasada ni mueve molino ni perturba conciencias.

Pero, a pesar de ese hecho incontestable, lo cierto es que Francisco Franco está hoy más vivo que nunca. Todo se lo debemos al empeño de dos gobernantes que se han sucedido en la última década y media. Primero Zapatero, que sometió a una profunda revisión los acuerdos tácitos de la Transición mediante una ley de memoria histórica que, en muchos puntos, más que memoria buscaba una absurda y extemporánea revancha. Absurda porque los nietos no pueden ventilar los asuntos de los abuelos, y extemporánea porque las guerras no se pelean 80 años después de haber terminado.

Tras él ha llegado Pedro Sánchez, que, más por necesidades personales de tipo electoral que por otra cosa, se ha embarcado en una campaña propagandística empleando como fundamento de la misma el cadáver de Franco y los padecimientos de la guerra civil. Más o menos el mismo guión que Zapatero, pero un escalón por encima y quince años más tarde. En esto, como en casi todo, el tiempo juega un papel importante y no precisamente a favor de Sánchez. El franquismo, prácticamente todo el franquismo, cría malvas desde hace años. Valga como muestra que hoy sólo quedan dos ministros de Franco vivos. El más joven de los dos, Fernando Suárez, tiene ya 86 años.

Zapatero dejó la faena incompleta porque tuvo que salir precipitadamente de la Moncloa en 2011 dejando al país sumido en una grave crisis económica que aplazó la cuestión mollar de todo este asunto: sacar a Franco de su tumba en el Valle de los Caídos a modo de corolario de su ley de memoria histórica. Todo esto proviene de un malentendido o de un exceso de adulación, seguramente más de lo segundo que de lo primero. Franco no dejó por escrito donde quería ser enterrado, así que entre el Rey y Arias Navarro decidieron por él. Se lo llevaron al monumento que el propio Franco había levantado en la sierra de Guadarrama, y le dieron sepultura allí con un fastuoso funeral retransmitido por televisión a todo color en una época en la que la televisiones eran aún en blanco y negro.

Tras las exequias se pasó página y el país siguió a sus afanes. La España de 1975 no era del todo franquista, pero tampoco completamente demócrata. Se encontraba en uno de esos momentos de tránsito entre dos épocas como había sucedido un siglo antes con la Restauración. En apenas un lustro el franquismo sociológico que supuestamente iba a perpetuar el régimen se transformó en el felipismo hegemónico de los ochenta y la mitad de los noventa. Felipe González, a diferencia de sus sucesores, sabía de dónde venía España y, por descontado, conocía a la perfección que el franquismo era un «crimen» perpetrado entre todos, así que lo mejor era no menearlo demasiado y que el tiempo fuese cicatrizando las heridas. No sería complicado si se sabía templar adecuadamente. Los españoles nacidos a partir de la década de los setenta ya no habían conocido ni la guerra ni la dictadura, a ellos pertenecía el futuro por lo que no tenía mucho sentido atascarse en querellas irresolubles del pasado.

El hecho es que las heridas ya habían cicatrizado. A ello contribuyó la ley de amnistía del 77 que constituyó una ley de punto final gracias a la cual muchas responsabilidades quedaron sin depurar, pero, ¿qué otra opción cabía en aquel momento?, ¿acaso la de abrir una nueva causa general que juzgase los crímenes de ambos bandos en una guerra que había terminado cuarenta años antes? No hubiese tenido sentido hacer algo así y, además, quienes tenían que hacerlo no se lo encontraron. No es nuestra misión juzgar a nuestros padres y abuelos, sino entender porque hicieron lo que hicieron.

Medio siglo es mucho tiempo, es más, por ejemplo, de lo que duró la RDA, más de lo que duró el franquismo en sí. ¿Había necesidad de volver sobre ello? En sentido estricto no. Nadie en la calle dedica ni medio minuto de su tiempo en hablar sobre los desastres de la guerra, sobre la represión de posguerra o sobre el plan de estabilización del 59. Esas cosas las debaten los historiadores y los aficionados a la historia. Es bueno que así sea porque la historia, especialmente cuando es traumática, no se puede estar reviviendo a cada rato. Basta con conocerla e intentar no repetirla.

En España, además, no se corrió un tupido velo sobre la dictadura. Se ha estudiado a fondo y, lo más importante, se ha hecho todo lo humanamente posible para reparar a las víctimas y evitar que el país se deslice de nuevo por la senda del odio ideológico, mediante una Constitución consensuada en la que caben prácticamente todos los españoles. El resultado no es perfecto, ninguna obra hecha por mano del hombre lo es, pero nos ha proporcionado cuatro décadas de tranquilidad, pluralismo y crecimiento económico, una democracia con defectos pero infinitamente mejor que la mayor parte de democracias del mundo.

Con eso debería ser suficiente para evitar espectáculos necrófilos como el del jueves pasado. El debate no era ya si Franco debe o no debe estar en el Valle de los Caídos, sino en el procedimiento y los tiempos que el Gobierno ha escogido para sacarle de ahí. Se puede discutir la presencia de Franco en aquel monumento levantado no en su memoria, sino en la de las víctimas de la contienda. Franco no murió en la guerra, lo hizo de viejo en una cama de La Paz tras cuarenta años de Gobierno personal e intransferible. Esto se nos olvida con demasiada frecuencia y es un detalle con más importancia de la que parece, porque permitió que un simple general golpista forjase un régimen del que procede nuestro actual sistema político.

La Transición fue un pacto entre los que venían del franquismo y los que se mantenían en sus márgenes ya fueran éstos interiores o exteriores. En eso consistió todo. Nos puede gustar más o menos pero eso es lo que sucedió. No hubo una ruptura con el pasado, el franquismo fue despojado de sus rasgos dictatoriales y transformado mediante leyes en una democracia equiparable a la de cualquier país europeo. Se refundió esa reforma en un texto constitucional y se sometió a referéndum.

Es decir, que nuestro sistema político no es heredero de la República ni de la monarquía alfonsina, viene directamente del franquismo, evolucionó desde él hasta lo que hoy tenemos entre las manos. No pudo ser de otra manera si se quería que imperase la concordia y nadie quedase fuera del nuevo concierto político. No es necesario remarcar que lo que se quería era exactamente eso aún a sabiendas de que algunos crímenes iban a quedar impunes. De nuevo intentemos entender lo que pasó y por qué se hizo de aquella manera antes de erigirnos en predicadores de baratillo.

Se puede pretender, como intentó Zapatero y persevera Sánchez, levantar un muro entre esas dos épocas de la historia fabulando con una historia de buenos y malos, pero eso no significa que no estén íntimamente emparentadas. De ahí ese gusto agridulce que dejó la estrambótica exhumación de Franco con un ataúd remachado precipitadamente con un tablón, a lomos de unos nietos que ya peinan canas, transportado después en un helicóptero. Todo con la máxima cobertura mediática y después de haber agitado al país entero con esta macabra historia durante más de un año. Y al cabo, ¿para qué?, ¿para un puñado de votos que quiere traerse de Podemos y asimilados?

Está aún por ver que lo consiga, pero, aún siendo así, no creo que haya merecido la pena. Todo esto podría haberse hecho de otras maneras mucho menos siniestras. Podría haberse acordado con la familia de una manera discreta, sin prensa de por medio y sin soflamas ideológicas. De haberse cerrado en banda los familiares podría haberse llevado a cabo la exhumación sin más ceremonias que una estrictamente privada y, por supuesto, no en plena campaña electoral. Todo ha sido un despropósito y la demostración palmaria de que Sánchez está dispuesto a desenterrar lo que haga falta para permanecer un sólo minuto más en el poder. Que nos sirva de aviso.

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1 Comment on El desentierro

  1. La exhumación no la dejó “atada”.

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