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El happening climático

La única buena noticia que ha recibido Pedro Sánchez en los últimos tres meses ha sido la cumbre del clima. Ahí, y esto hay que reconocérselo, tuvo vista. Tan pronto como Sebastián Piñera informó a la ONU que no podría celebrar la conferencia en Santiago se anticipó y solicitó que se celebrase en Madrid. Para la ciudad es una buena noticia. Los hoteles de lujo colgaron esta semana el cartel de no hay habitaciones y los restaurantes caros están haciendo su agosto en pleno diciembre. Son más de 25.000 personas y recordemos que no pagan ellos. Con el dinero ajeno uno siempre es muy generoso.

También es bueno desde el punto de vista de la imagen. Organizar una cumbre de estas características con poco más de un mes de antelación es meritorio y, además, permite mostrar la ciudad al mundo o, al menos, a los que se han desplazado hasta aquí porque no sé yo hasta que punto esto interesa más allá del propio país organizador. El pasado lunes ninguna de las grandes cabeceras mundiales se hacía eco de la cumbre más que en páginas interiores.

A fin de cuentas esta es una cumbre más y van 25. La primera fue en Berlín en 1995 y se han celebrado todos los años desde entonces, algún año incluso dos veces como en 2001. El año pasado la sede fue la ciudad de Katowice, en el cinturón carbonero de Polonia (un lugar, como vemos, inmejorable para este tipo de eventos) y pasó sin pena ni gloria. En 2017 fue en Bonn, en 2016 en Marrakech y así sucesivamente.

De estas cumbres sólo dos han tenido cierto renombre: la de Kioto en 1997 y la de París en 2015 porque en ambas se alcanzaron acuerdos que iban a ser vinculantes, pero que al final se sumó quien quiso. El de París, por ejemplo, lo firmaron todos y al año siguiente entró en vigor, pero Donald Trump ganó las elecciones y poco después anunció que se saldría del acuerdo, cosa que se hará efectiva en 2020. Estados Unidos es el país que más CO2 emite por lo que su ausencia supone una merma significativa.

Sin entrar en la eficacia que puedan tener los acuerdos sobre el problema que se pretende resolver -que no es otro que el cambio climático, algo de una complejidad endemoniada que no hemos llegado a entender bien-, el acuerdo de París se basaba en impedir que la temperatura global ascienda grado y medio con respecto a los niveles preindustriales, y que en la segunda mitad de este siglo toda molécula de CO2 que se emita a la atmósfera se compense.

Ambos empeños son admirables, pero algo pretenciosos. Creer que se puede controlar la temperatura del planeta como si tuviéramos un termostato es de una increíble arrogancia. Respecto a la famosa compensación de emisiones podría conseguirse, pero no sería algo gratuito, al contrario, supondría un coste muy elevado a desembolsar por un par de generaciones, por lo que no sé yo si todos los países del mundo estarían dispuestos a semejante sacrificio. Para el tercer mundo sería algo suicida prescindir, por ejemplo, del carbón, el gas o el petróleo, combustibles que concentran mucha energía en muy poco espacio a un precio relativamente bajo.

El desarrollo de un país y la subsiguiente elevación de los niveles de vida de sus habitantes requiere el empleo de mucha energía. China no ha llegado a donde está con biomasa y paneles solares, sino con innumerables centrales térmicas convencionales y 13 millones de barriles de petróleo al día. Barril arriba, barril abajo, China quema cada año la producción de Arabia Saudita. Quieren energía barata y abundante, por eso la generación eléctrica mediante térmicas de carbón en China multiplica por seis la de la Unión Europea. Me pregunto por qué razón el Congo, Bangladesh o El Salvador no pueden hacer como los chinos. Es algo que sus líderes no harían mal en preguntar a los expertos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el cambio climático: ¿por qué los chinos si y los salvadoreños no?, ¿no tienen acaso derecho a disfrutar de las bendiciones del desarrollo económico?

Esta misma pregunta se la hacen en muchos países pobres. Tal vez por eso donde más entusiasmo levantó el acuerdo de París fue entre los países del primer mundo, naciones ricas que pueden permitirse lujos como apostar por el vehículo eléctrico mediante subsidios o pagar una prima por obtener energía de fuentes menos eficientes como la solar. Pero, a pesar de los esfuerzos que los Gobiernos hacen para que en los países desarrollados no tomemos el coche y el aporte renovable crezca cada año en el mix eléctrico, lo cierto es que la práctica totalidad de los vehículos a motor de Europa y Norteamérica se mueven con un motor de explosión, y la electricidad se sigue generando mayoritariamente en centrales de carbón, gas y fuel oil.

España, que fue pionera en la instalación de parques eólicos y huertos solares, sigue dependiendo de los combustibles fósiles y de fuentes no renovables como la nuclear. En lo que llevamos de año el 22,8% de la demanda eléctrica lo han cubierto las denostadas centrales nucleares seguidas de las de ciclo combinado, alimentadas por gas natural. Luego ya, en tercer lugar, aparecen los parques eólicos. La generación solar es, a pesar de la gran inversión que se ha hecho en ella, muy marginal en el mix.

Podrían, por decreto obviamente, cerrar todas las centrales no renovables como piden los ambientalistas y tratar de sustituirlas con plantas solares y más aerogeneradores pero, aparte de correr un serio riesgo de quedarnos a oscuras, costaría mucho dinero que habríamos de detraer de otras partes. Encarecería, además, la factura de la luz y nos terminaría empobreciendo. Ídem con los automóviles. Está bien que se investigue y se sustituyan en la medida de lo posible los motores de gasolina, pero no a cualquier coste porque entonces habríamos desnudado a un santo para vestir a otro.

Algo tan elemental y en lo que cualquier persona sensata estaría de acuerdo enmienda de plano las declaraciones maximalistas de cumbres como la de Madrid, que poco tienen que ver con la ciencia, nada con la economía y mucho con la propaganda y los arreglos privados entre políticos de alto nivel para garantizarse puestos muy bien remunerados en organismos internacionales y grandes empresas. Esa es la única transición energética que a muchos les interesa, su promoción personal cabalgando sobre una buena causa a la que nadie se puede oponer. Como muestra ahí tenemos el triste espectáculo que han dado varias cotizadas del IBEX, con especial protagonismo de eléctricas y petroleras, pagando gustosas el peaje que les han puesto en Moncloa.

A la vista de este consenso de las élites, que ha descendido a la calle en forma de una desmesurada cobertura mediática y grandes carteles que cuelgan de edificios oficiales (y no oficiales), me decía mi amigo Gonzalo Altozano el otro día que esto era como los 25 años de paz en 1964. No hubo empresa entonces que se resistiese a apuntarse al happening para complacer así al régimen. Nada ha cambiado en cinco décadas porque la naturaleza y los fines del poder siguen siendo los mismos.

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