El New Deal

El New Deal nació en lo peor de la gran depresión. En 1933 Estados Unidos llevaba tres años y medio hundiéndose en la peor crisis económica de su historia. Bancos cerrados, fábricas paradas, desempleo del 25% y colas del pan que daban la vuelta a la manzana. En ese escenario llegó Franklin Delano Roosevelt con algo que no era exactamente un plan, sino más bien una actitud: había que hacer algo. Lo que fuera. Ya.

Y ese algo fue el New Deal. No se trataba de un programa coherente salido de un laboratorio de ideas, sino de una avalancha de leyes, agencias y experimentos, muchos de ellos improvisados y aprobados a toda velocidad. Eso hizo que algunos se contradijesen entre sí tanto en su planteamiento como en sus consecuencias. Se sustanció en una sopa de letras de organismos, programas y administraciones que ni sus propios creadores entendían del todo pero que algunos han durado hasta el momento presente.

El primer New Deal, entre 1933 y 1935, fue de emergencia. Se estabilizó el sistema financiero, se abandonó el patrón oro (se prohibió incluso la tenencia privada de oro), se crearon programas de empleo y se intentó poner de acuerdo a empresarios y trabajadores con la intermediación del Estado federal. Algo parecido al corporativismo fascista, aunque a Roosevelt esa comparación no le gustaba nada.

El segundo New Deal llegó 1935 y se concentró en la reforma social. La Seguridad Social, la Wagner Act (que consagró el derecho de los trabajadores a sindicarse), la WPA que empleó a millones de personas para construir todo tipo de infraestructura. Algunas de las leyes que acompañaron a todo el proceso fueron incluso declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo que Roosevelt quiso poner de su lado con una polémica reforma que el Congreso rechazó.

¿Funcionó? A medias. Alivió algunos efectos de la gran depresión, modernizó la infraestructura del país, quizá salvó a la estadounidense de de algo peor. Pero no acabó con la crisis. Eso lo hizo la segunda guerra mundial, que proporcionó el nivel de gasto que Roosevelt nunca se atrevió a alcanzar en tiempos de paz. Lo que si consiguió fue cambiar para siempre la relación entre el ciudadano y el Estado. Los americanos de 1930 no esperaban nada del gobierno. Los de 1940 esperaban pensiones, regulaciones y empleo público. Ese cambio fue más duradero que cualquier de sus leyes, tanto que se mantiene casi un siglo después.

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