Se habla mucho de que la IA disparará la productividad ya que altera por completo el concepto de productividad en los trabajos de cuello blanco. El cambio de fondo es que hemos pasado de utilizar herramientas a colaborar con agentes autónomos capaces de planificar, razonar y repetir sin supervisión línea a línea.
Esa mutación desplaza al humano desde el papel de ejecutor hacia el de validador y arquitecto. La pericia ya no está en producir desde la página en blanco, sino en dirigir sistemas que producen por nosotros. Aparece así la llamada fluidez digital, es decir, saber conversar con la máquina, formularle peticiones precisas y filtrar sus salidas con cierto escepticismo. El problema es que, al automatizarse las tareas mecánicas, desaparecen los escalones donde los aprendices adquirían experiencia y criterio.
Los últimos datos confirman que la adopción de la IA en ciertas profesiones está siendo muy rápida. Más del 90% de los desarrolladores usan inteligencia artificial. La consultora Deloitte prevé que las empresas de software que adopten la IA incrementen sus ganancias entre un 30% y un 35% por el ahorro de horas que supone su uso. Pero hasta ahora solo el 29% de las empresas declara un retorno real sobre su inversión en IA generativa. Es decir, que la herramienta por sí misma no arregla los defectos organizativos que ya tenían las empresas.
La paradoja es que los grandes beneficiados son los veteranos, no los novatos. El senior sabe filtrar y analizar. El junior carece de experiencia y puede terminar dando por bueno algo que es malo. La barrera de entrada ha subido y eso exige repensar la formación académica. Acecha, además, un nuevo tipo de efecto burnout. La expectativa de producción infinita puede dejar exhaustos a los profesionales. Para los creadores la pérdida de identidad creativa podría conducir a que el trabajador deje de reconocerse en su obra.




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