¿Está Putin enfermo o lo enfermo es su entorno?

Vladimir Putin canceló tres eventos importantes durante el último mes alimentando así las especulaciones sobre su estado de salud. Suspendió primero su reunión anual con la prensa en la que suele comentar de forma más o menos distendida el momento político. Que no hubiese aprovechado este encuentro con los periodistas más cercanos provocó cierta sorpresa. Quizá no quería sentirse incómodo ante preguntas difíciles, pero, según están las cosas en Rusia, a ningún redactor se le ocurriría hacer una pregunta incómoda al presidente. Poco después se anunció la cancelación del programa “Línea Directa” de fin de año, un espacio en el que rusos de a pie cuidadosamente seleccionados hablan con él a través de televisión. El programa es muy popular y permite a Putin relacionarse directamente con los rusos.

La última de las cancelaciones de última hora fue aún más reveladora. Todos los años desde 2011 Putin ha participado en un partido para aficionados de hockey sobre hielo, un deporte que le gusta mucho y que le permite transmitir humanidad, cercanía y deportividad. Pero Putin o no quiso o no pudo participar en el partido de hockey de este año. Su condición física puede haber empeorado, pero lo cierto es que el 5 de diciembre estuvo en el puente de Kerch, atacado unos meses antes, para supervisar la reparación de las partes dañadas y se le veía saludable conduciendo un camión con soltura y caminando a paso ligero.

Hay rumores insistentes desde hace meses de que padece cáncer, de colon concretamente, pero es imposible confirmarlo porque el hermetismo en la cúpula del poder ruso es absoluto. De ser así significaría que el tiempo que tiene para concluir la guerra y para elegir un sucesor es limitado. Obviamente, un cambio de presidente en Rusia proyecta nuevos peligros para Europa, Estados Unidos y la propia Ucrania. Ese peligro se ve agravado por la ausencia casi total de diálogo con Occidente.

Pero el extremo de una muerte prematura de Vladimir Putin que provoque una sucesión precipitada en el Kremlin es una hipótesis que por ahora carece de fundamento sólido. Lo que sí sabemos es que nos encontramos ante un Putin muy aislado, que desconfía de todos los que le rodean y que se apoya en un grupo de asesores muy reducido que además son de la línea dura. Nada le ha salido como esperaba cuando en febrero del año pasado dio órdenes al ejército de entrar en Ucrania con la intención de derrocar al Gobierno de Volodímir Zelenski y colocar en su lugar a uno afín a sus intereses. Creyó que el mundo miraría hacia otro lado como ya hizo en 2008 con la guerra en Georgia y en 2014 con la anexión de Crimea.

Nada de eso sucedió, pero toda la estructura de poder en torno a él está diseñada para darle la razón. Eso implica ocultar o minimizar el impacto de las malas noticias. Ese error de base explica bien la desastrosa invasión de Ucrania, que empezó mal y que se ha ido a peor desde entonces. Desconocemos, por lo tanto, si está o no enfermo, pero sí que vive en un entorno enfermo que explota su sesgo de confirmación, algo que no ayuda precisamente a que se pueda alcanzar una salida negociada al conflicto. Para avenirse a un armisticio primero tendría que volver a la realidad y calibrar en su justa medida la situación, pero todo está organizado a su alrededor para que eso no suceda.

En La ContraRéplica:

  • Ben Hodges y la guerra de Ucrania
  • El discurso del Rey
  • Benedicto XVI

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