Revolcón para Starmer

Las elecciones locales celebradas el pasado jueves en el Reino Unido han dinamitado el bipartidismo británico. Reform UK, el partido de Nigel Farage, arrasó consiguiendo cerca de 1.400 concejales nuevos partiendo prácticamente desde cero, se hizo con seis condados conservadores del sur y entró con fuerza en el parlamento galés con 34 escaños. El laborismo perdió alrededor de 1.500 de los 2.196 concejales que tenía. Entre las víctimas estuvo Eluned Morgan, la primera ministra galesa, que se ha quedado sin acta. En Essex, feudo de la conservadora Kemi Badenoch, los tories cedieron 39 de sus 52 concejales.

El batacazo confirma una fragmentación inédita. Donde hasta hace unas décadas laboristas y conservadores acaparaban entre el 90 y el 95% del voto, hoy apenas suman el 34%, un 17% cada uno. Reform obtuvo el 26% y los Verdes lograron un histórico 18%, beneficiados por la fuga del electorado musulmán descontento con la posición de Starmer sobre Gaza. El Reino Unido se asemeja ahora a la Italia de los años 90 o la Francia de Macron, atomizada y sin hegemonías claras.

El desgaste de Keir Starmer, que lleva en el poder solo 22 meses, explica buena parte del fenómeno. Llegó prometiendo buena gestión y reformas tras 14 años de gobiernos conservadores marcados por la inestabilidad, y menos de dos años después tres de cada cuatro británicos le suspenden como primer ministro. La inmigración irregular sigue batiendo récords pese a la caída de la legal, la guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han abortado la incipiente recuperación económica, y los bonos del Estado cotizan a niveles que no se veían desde el efímero Gobierno de Liz Truss. Starmer ha subido impuestos sin atreverse a recortar gasto, ha rectificado constantemente y ha terminado defraudando tanto a la izquierda corbynista como a la derecha del laborismo, propensa al pragmatismo y que se ha pasado a los liberal-demócratas.

Sacarle de Downing Street es algo más complicado. El favorito, Andy Burnham, alcalde de Mánchester, no es diputado y no puede competir mientras no obtenga un escaño. Además, las pérdidas laboristas son tan transversales que ninguna facción puede reclamar la victoria. Los conservadores de Badenoch tampoco capitalizan el desastre rival porque arrastran el lastre de los gobiernos tories.

Hoy por hoy Reform ganaría las elecciones generales, pero sin alcanzar la mayoría absoluta. El sistema mayoritario británico fomenta el voto estratégico que ha funcionado muy bien en Gales a favor de los nacionalistas. Farage, además, deberá demostrar que su partido recién creado puede gestionar el día a día y no solo agitar en los mítines y por las redes sociales.

El verdadero vencedor del 7 de mayo es el desencanto acumulado tras un Brexit traumático, una pandemia, un brote inflacionario, dos guerras y cinco primeros ministros desde 2019. Quedan tres años hasta las generales de 2029 para saber si esa patada que le han dado a Starmer se transforma en un gobierno de Farage o se diluye en simple voto de castigo localizado en unas elecciones locales.

En La ContraRéplica:

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