Desde mediados de septiembre miles de estudiantes de secundaria han tomado las calles de Francia. Lo que empezó en un instituto del extrarradio parisino se ha extendido a una cuarta parte de los liceos del país. El pasado día 6 reunió a más de 250.000 personas en una jornada que acabó con cargas policiales, cientos de detenidos y un adolescente mutilado por una granada aturdida en una ciudad del norte. Los estudiantes protestan por la falta de profesores y el mal estado de los centros, pero la mecha la encendió un presupuesto que recorta en todo salvo en el capítulo de defensa. Que el Estado gaste más en tanques que en aulas les ha granjeado el apoyo popular.
Lo que hay por detrás es una ruina fiscal imposible de disimular. La deuda pública roza el 120% del PIB, el déficit lleva años por encima del 5% y Francia paga más por endeudarse que Italia o Grecia. Acumuló mucha deuda en la época del dinero barato y ahora debe refinanciarla mucho más cara. Cuando los intereses crecen más deprisa que la economía, la deuda entra en una espiral incontenible y se alimenta sola.
Ni la pandemia ni la guerra de Ucrania explican la crisis. Francia no cuadra unas cuentas desde los años 70 y ha creado un Estado asistencial al que los ciudadanos acuden ante cualquier contratiempo. Emmanuel Macron empezó con algunas reformas sensatas, pero luego abrió el grifo del gasto para calmar a los chalecos amarillos, sortear la pandemia y amortiguar la crisis energética. Nunca volvió a cerrarlo. Hace dos años, cuando el Tesoro advirtió de un agujero creciente, el Gobierno prefirió callar mientras el presidente aseguraba que el problema eran los ingresos, no el gasto. Poco después, a raíz del varapalo en las elecciones europeas, disolvió la Asamblea y la dejó dividida en tres bloques incapaces de entenderse. Desde entonces cada presupuesto se cobra la cabeza de un primer ministro.
En el centro del bloqueo están las pensiones, que absorben una cuarta parte del gasto del Estado y que nadie ha logrado reformar. Los inversores han captado el mensaje. Los acreedores preferentes de la República no son quienes compran sus bonos sino los jubilados, cerca de 18 millones y en aumento.
La campaña presidencial de la próxima primavera no invita al optimismo. Marine Le Pen promete adelantar la jubilación a los 60 años y Jean-Luc Mélenchon propone que el Banco Central Europeo cancele los bonos franceses en poder del Banco de Francia. Todos ofrecen nuevas formas de gastar, pero no de cómo financiar ese gasto
Francia ya chocó con la realidad cuando François Mitterrand intentó a principios de los 80 romper con la ortodoxia económica, tuvo que rectificar en poco más de un año. Entonces la deuda era mucho menor, la población más joven y quedaba el recurso de devaluar el franco. Hoy no tienen moneda propia, la demografía juega en contra y el entorno internacional es especialmente hostil. Nadie se atreve a contar a los franceses que su modelo social se sostenía sobre unas condiciones que ya no existen. Los estudiantes que queman contenedores son el síntoma visible de un país que ha vivido medio siglo a crédito y que ha terminado quedándose sin él.
Contenido:
0:00 Introducción
3:51 La revuelta de los liceos
15:17 Cueste lo que cueste
24:42 “La ContraHistoria del mundo”
26:19 El atolladero de las pensiones
36:09 La Séptima TV
40:43 Trump contra Zelenski
44:45 ¿En qué creían los romanos? – https://diazvillanueva.com/en-que-creian-los-romanos/




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