Se suele simplificar la religión de la antigua Roma con una mitología muy básica tomada de los griegos, pero pocas cosas hay tan complejas como la religión (o religiones) de los romanos. Durante la mayor parte de su historia, los romanos no entendieron la religión como un conjunto de creencias, sino como una práctica. Lo importante no era tanto lo que cada cual pensara en su interior, como cumplir con los ritos en el día y la forma adecuados para conservar la Pax Deorum, la paz de los dioses, una relación de respeto mutuo de la que dependían las cosechas, las victorias y la propia salud de sus habitantes. Cada casa honraba a sus Lares y Penates, los sacerdotes solían ser patricios que compaginaban el sacerdocio con la política, el verdadero peligro no era la duda en unas creencias muy poco definidas, sino el error en los ritos. Marco Tulio Cicerón, por ejemplo podía ser escritor, senador, augur y, a al mismo tiempo, discutir con frialdad la existencia de los dioses sin ver en ello contradicción alguna.
Aquel era un sistema muy abierto, mucho más de lo que hoy podemos imaginar. Conforme Roma fue engrandeciendo su imperio y conquistando tierras lejanas hizo más nutrido su panteón. Fue entonces cuando adoptó a los dioses griegos y acogió con gusto cultos orientales como los de Cibeles, Isis o Mitra, que ofrecían algo que la religión cívica no daba, una iniciación personal, una comunidad elegida y una esperanza para después de la muerte. El Senado los toleraba mientras no escapasen a su control. Cuando creyó que lo hacían, como ocurrió con las Bacanales, reaccionó con dureza. Con Augusto llegó el culto imperial, que más que una fe ingenua en un emperador divino era un lenguaje de lealtad política compartido por todo el Imperio. La mayoría de sus pobladores, por lo demás, no elegían una religión, iban sumando protectores sin importarles mucho su origen.
El cristianismo rompió con esa lógica. Nacido en el seno judaísmo, se extendió primero por las principales ciudades y exigía exclusividad. Eso implicaba que sus fieles se negaban a sacrificar a los dioses tradicionales y al emperador, lo que a ojos de los romanos le convertía en una forma de impiedad y, sobre todo, de deslealtad política. Las persecuciones contra los cristianos no fueron una cacería continua de tres siglos, más bien episodios locales que tuvieron su momento álgido a finales del siglo III y principios del IV con la gran persecución de Diocleciano. Muy poco después Constantino dio un giro radical y se erigió en protector de la Iglesia. A finales de ese mismo siglo Teodosio el Grande prohibió cualquier culto pagano, incluso el que se celebraba en el interior de las casas.
La cristianización fue lenta y desigual. Los viejos ritos sobrevivieron mucho más tiempo en el campo y en parte de la aristocracia. La nueva religión absorbió fiestas, lugares y costumbres del mundo que sustituía. Cuando el Imperio de Occidente se deshacía ya en la segunda mitad del siglo V, los romanos habían pasado de un contrato cívico con muchos dioses a una religión de salvación exclusiva apoyado por el poder. Pero aquellos romanos que contemplaron la caída eran tan romanos como los de tiempos de la República o los de las conquistas de Trajano. Roma había ido cambiando durante mil años, sus religiones también lo hicieron.
Contenido:
0:00 Introducción
3:55 ¿En qué creían los romanos?
14:39 Creer haciendo
36:26 La casa abierta
49:03 “La ContraHistoria del mundo”… https://link.amazon/B0cobFCjU1:03:11
50:41 El emperador entre los dioses
1:03:15 La irrupción del cristianismo
1:13:43 De secta a religión del Imperio
1:25:45 El Jesucristo histórico
Bibliografía:
- «Panteón. Una nueva historia de la religión romana» de Jörg Rüpke
- «La religión antigua» de Karl Kerényi
- «Mitología Romana» de Finn D. Moore
- «Mitología Romana: El imperio eterno» de Javier Tapia




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