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Gangs of Barcelona

Ada Colau habla de alarmismo injustificado y de ser una víctima de una campaña orquestada, claro está, por la oposición, la prensa y las redes sociales. Según ella todos son peligrosos agentes de la extrema derecha y se han puesto de acuerdo a lo largo de este verano en señalar a Barcelona como zona cero de la inseguridad ciudadana. Es cierto que la ola de robos con violencia que azota la Ciudad Condal es uno de los temas estrella de unos meses a esta parte, pero no ha sido algo casual, simplemente la información fluye a mucha más velocidad que hace unos años. Viene, además, enriquecida con fotografías y vídeos tomados por vecinos y, en ocasiones, por las mismas víctimas de los delitos.

Esta es una de las consecuencias de que todos llevemos en el bolsillo una cámara de alta definición conectada a la red. La prensa hace tiempo que perdió el monopolio de la información y ahora si quiere sobrevivir tiene que esmerarse en el análisis, la valoración y en poner en perspectiva las toneladas de bits que nos entran por los ojos cada día.

Ahí también hace aguas la seguridad en Barcelona. La delincuencia está disparada, y esto no sólo lo dicen los vídeos compartidos a través de Twitter y Facebook, lo dice también la estadística y los informes de la policía. Durante el primer semestre del año se han cometido en la ciudad más de 7.000 atracos, unos 40 al día. A ello habría que sumar los constantes hurtos, los apuñalamientos en plena vía pública, ocho en sólo dos meses, las reyertas y los homicidios. Hay zonas del casco antiguo como el barrio de El Raval en los que el turista se lo piensa dos veces antes de entrar con una cámara de fotos colgada al cuello. En otras como la Barceloneta se juntan los turistas de borrachera con los carteristas, lo que convierte este popular barrio en un campo minado para quien se aventure por sus calles.

Es normal que la prensa internacional haya dado la voz de alarma en unos términos mucho más duros que la española. El Frankfurter Allgemeine llevaba a mediados de agosto una crónica firmada por su corresponsal en España con el ilustrativo título de «ciudad de ladrones«. Así, sin anestesia ni nada. Ese mismo titular en España hubiese ocasionado un escándalo político, pero a ver quién es el guapo que le afea la conducta al prestigioso Frankfurter Allgemeine, periódico de referencia en Alemania, país de donde proviene un número considerable de los turistas que cada año visitan la ciudad.

A la vista está que el procés no han conseguido internacionalizarlo con éxito, pero si la percepción de que Barcelona es una ciudad insegura que puede incluso costar la vida a la víctima de un robo. No es una exageración. Dos diplomáticos han sufrido asaltos este verano: el embajador de Afganistán y una funcionaria del ministerio de cultura y turismo de Corea del Sur, que falleció tras dos días en el hospital después de sufrir un robo frustrado en la avenida Diagonal. Ni que decir tiene que la prensa surcoreana se cebó con Barcelona durante días. En Corea del Sur no ven mucha diferencia entre Barcelona y el resto de España por lo que aquel infortunado suceso está arruinando la imagen de nuestro país en un mercado importante que envía medio millón de turistas de alto poder adquisitivo cada año.

El problema está ahí aunque el ayuntamiento y la Generalidad se empeñen en negarlo. Aplican paños calientes y echan balones fuera. Salen con el viejo mantra de que la criminalidad proviene de la pobreza y la desigualdad. Pero Barcelona no es una ciudad pobre ni especialmente desigual, no es Sao Paulo o Ciudad de Guatemala. Además, otras ciudades españolas con una renta per cápita sensiblemente inferior a la barcelonesa son completamente seguras a cualquier hora del día o de la noche.

Aunque, bien mirado, la actitud de la alcaldesa es la previsible habida cuenta de su manga ancha con otros delitos como la venta ilegal, la ocupación de inmuebles o los tristemente célebres narcopisos del centro. Ante la pasividad, cuando no complicidad, de las autoridades el crimen se ha limitado a escalar un nuevo peldaño. El experimento de Colau, en definitiva, está pasando factura a los barceloneses y a los millones de turistas que se dejan caer por allí todos los años.

El resultado final es que proliferan las patrullas ciudadanas en el Metro que, armadas con sus teléfonos móviles hostigan a los carteristas y suben las imágenes a la red, donde encuentran al menos comprensión. Ha aparecido incluso una plataforma con el elocuente nombre de «Salvalona«. La sociedad civil se defiende como puede, pero el de hacer cumplir la ley no es su trabajo, sino el de la policía. La pregunta que muchos se hacen es dónde diablos está la policía en Barcelona, porque policía hay, cuatro cuerpos nada menos.

La Guardia Urbana ha quedado relegada por deseo expreso de la alcaldesa a ordenar el tráfico. Los Mossos de Escuadra, dependientes de la Generalidad, están faltos de efectivos. La Policía Nacional y la Guardia Civil en Cataluña cuentan con pocos agentes, buena parte de las competencias de estos dos cuerpos están transferidas y no es un destino atractivo por las diferencias de salario y la desafección hacia esos cuerpos que han generado los políticos nacionalistas.

Todo esto lo descuentan los ladrones, que a ciertas horas y en ciertos lugares se sienten los dueños de la ciudad. Encuentran, además, que quienes tendrían que combatirlos miran hacia otro lado, minimizan el problema y fingen que no pasa nada. Un paraíso que estas bandas están aprovechando al máximo. Difícilmente se verán en una igual.

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