Robert F. Kennedy Jr. ha anunciado que el gobierno de EEUU definirá oficialmente qué es un alimento ultraprocesado e introducirá un etiquetado nutricional tipo semáforo, en el marco de su campaña Make America Healthy Again. La idea no es original, importa el modelo europeo Nutri-Score, que lleva años sin adoptarse obligatoriamente en la UE precisamente por sus inconsistencias, como, por ejemplo, clasificar favorablemente a la Coca-Cola Zero.
El sistema de clasificación de alimentos más usado es el NOVA, de la Universidad de São Paulo, que divide los alimentos en cuatro grupos según su grado de procesamiento industrial. Los ultraprocesados —refrescos, bollería, snacks, platos precocinados— son el cuarto grupo, caracterizado por procesos como la hidrogenación o la extrusión y por el uso de aditivos.
Pero procesar alimentos no es algo moderno ni negativo, la humanidad lo hace desde el Neolítico. Cocinar es procesar. La pasteurización salva vidas, la fermentación tiene miles de años y los alimentos fortificados han eliminado enfermedades como el bocio. Prohibir o estigmatizar el procesamiento podría condenar a millones de personas a la desnutrición.
El problema práctico es que los ultraprocesados son un 60% más baratos y resultan indispensables para personas con poco tiempo y recursos limitados. Atacarlos por las buenas nos habla de un elitismo alimentario que ignora la realidad de la mayoría.
El verdadero problema es el exceso, no el procesamiento en sí. No existe una forma de legislar sobre esto sin caer en el paternalismo. Lo que se necesita es información clara, libertad de elección y sentido común, no políticos decidiendo qué puede comer la gente.




Nunca estará demás, indicar cuando un producto no es saludable. Tampoco estará demás, eliminar la obligación a vacunaciones masivas con productos experimentales como fue la vacuna de Kvid