Inventores olvidados

La historia de la técnica está sembrada de inventores olvidados cuyas creaciones seguimos usando, aunque nadie los recuerde con calles, placas ni estatuas. El caso más conocido es el del teléfono. Todos atribuyen su paternidad a Alexander Graham Bell, que patentó el aparato el 7 de marzo de 1876, pero Antonio Meucci ya había registrado un aviso previo en 1871 para su «telégrafo parlante», un prototipo que puso a funcionar con éxito en su casa de Staten Island y con el que se comunicaba con su esposa inválida. Meucci perdió la prioridad por una nimiedad, los 10 dólares que no pudo pagar para renovar el aviso y convertirlo en una patente.

Algo parecido ocurrió con el alambre de espino. Dabb, Smith y Hunt patentaron una serie de diseños en 1867, pero fue Joseph Glidden quien, en 1874, logró fabricarlo en masa adaptando un molinillo de café, fundó la Barb Fence Co. y amasó una fortuna. Su ejemplo demuestra que no basta con tener la idea, también hace falta capital y capacidad industrial para triunfar.

La máquina de coser repite el mismo patrón. Walter Hunt la concibió en 1833, pero no la patentó, en parte porque su hija, una ludita, temía por su empleo de costurera. Años después, Elias Howe patentó su propia versión que intentó vender en Inglaterra. No lo consiguió, pero al regresar a EEUU comprobó como le habían robado la patente. Ganó en los tribunales la llamada «Guerra de las máquinas de coser» contra Isaac Singer y el propio Hunt. Howe se hizo rico y le terminaron dedicando un estatua, sellos con su efigie y hasta calles con su nombre.

El destornillador de estrella es otro de esos casos en los que el verdadero inventor se ha olvidado. John Thompson lo patentó en 1933, pero cedió los derechos a Henry Phillips, que se enriqueció con los royalties y prestó su nombre al invento. De Thompson apenas sabemos que era mecánico y que murió en 1940, condenado al anonimato pese a haber ideado algo que todos tenemos en casa.

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