Las elecciones en Hungría de este domingo han puesto fin a 16 años de Gobierno de Viktor Orbán al frente de Hungría. 16 años es una eternidad en política, sólo un puñado de líderes europeos han conseguido gobernar tantos años seguidos. La derrota fue, además, humillante. Con una participación cercana al 80%, algo histórico en Hungría, el partido Tisza, capitaneado por Péter Magyar, consiguió 138 escaños de los 199 que tiene el parlamento, lo que le da una supermayoría que le permitirá hacer modificaciones constitucionales y desmontar lo que se ha dado en llamar “orbanismo”. Con una supermayoría gobernaba el propio Orbán desde que ganó las elecciones de 2010.
Ya os hablé de Magyar hace un par de semanas. Proviene de Fidesz y era marido de Judit Varga, aquella ministra de Justicia que en febrero de 2024 tuvo que dimitir junto a la presidenta Katalin Novák por un escándalo mayúsculo, un indulto presidencial a un encubridor en un caso de pedofilia. El partido que había hecho de los «valores familiares» su bandera no predicaba con el ejemplo. Magyar aprovechó el boquete, se presentó como un conservador reformista y en cuatro meses ya consiguió hacerse con el 30% de los votos en las europeas.
A partir de ahí todo ha ido cuesta abajo para Orbán. La inflación es alta, los servicios públicos han empeorado y la corrupción es ubicua en el Gobierno, el clientelismo es, de hecho, tan descarado que no se ocupaban ya ni de disimularlo. A modo de remate apareció una conversación filtrada del ministro de Exteriores, Péter Szijjártó con su homólogo ruso, Serguei Lavrov, que ocasionó una gran polémica dentro de un país que siempre ha desconfiado de los rusos.
La campaña se ha limitado a finiquitar a Orbán. Mandos policiales, militares y de los servicios de inteligencia denunciaron la instrumentalización política de las instituciones. Empresarios que hasta ayer comían de la mano del Gobierno empezaron a mirar hacia otro lado. Figuras culturales se arrimaron a Tisza. En plena campaña aterrizó JD Vance en Budapest para apoyar a Orbán y empujar su intención de voto hacia arriba. Ha conseguido todo lo contrario. La Hungría urbana, los titulados universitarios y los jóvenes han votado masivamente a la oposición. Fidesz sólo ha aguantado entre jubilados y las capas de población con menor formación académica. Hasta en el campo se ha resentido el apoyo. Tisza ha conseguido ganar en todos los condados del país. Ahora viene lo difícil. Magyar hereda un elevado déficit público, miles millones de euros de fondos europeos congelados por Bruselas y un entramado oligárquico que no se desmonta fácilmente.
El impacto de las elecciones húngaras se ha dejado sentir en toda Europa ya que Orbán ejercía de padrino y financiador de muchos partidos y movimientos de derecha identitaria. Era también el puente que los líderes de estos partidos empleaban para acceder a Donald Trump y a Vladimir Putin, con quienes Orbán siempre ha mantenido unas inmejorables relaciones. En Bruselas la Comisión, el Consejo y buena parte del Parlamento Europeo han celebrado su derrota. Orbán se valía sistemáticamente de la prerrogativa de veto para bloquear todo tipo de iniciativas, especialmente las relacionadas con Ucrania, algo que irritaba en todas las cancillerías europeas y ralentizaba cualquier medida.
Pues bien, para hablar de estas elecciones y de lo que dejan nos acompaña hoy en La ContraCrónica Iker Muro, que es español, pero lleva muchos años viviendo en Budapest.




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