La ONU acaba de cumplir ochenta años y no podemos decir que se encuentre en su mejor momento. Fue fundada el 26 de junio de 1945 con la firma de la Carta de las Naciones Unidas por parte de cincuenta países independientes que aspiraban a evitar nuevas guerras. Hoy, con 193 miembros, conflictos como los de Ucrania y Gaza evidencian su limitada capacidad para cumplir este objetivo. Las cinco potencias con veto en el Consejo de Seguridad (EEUU, Rusia, China, el Reino Unido y Francia) rara vez se ponen de acuerdo y la reciente escalada entre Israel e Irán ha puesto una vez más de manifiesto la ineficacia del Consejo, reducido a debates estériles y resoluciones sin impacto sobre el mundo real.
La organización atraviesa además una crisis financiera agravada por la retención de fondos estadounidenses, lo que ha llevado al secretario general, António Guterres, a ordenar recortes de personal. Agencias humanitarias importantes, como el Programa Mundial de Alimentos, sufren serios ajustes presupuestarios que están poniendo en riesgo su funcionamiento. Esta situación recuerda al declive de la Sociedad de Naciones en el periodo de entreguerras, aunque de forma más gradual. Pero, a pesar de todo, nadie quiere debatir sobre el futuro de la ONU. Los que trabajan en su seno están más preocupados por la inestabilidad laboral, los Gobiernos entretanto priorizan cuestiones como los aranceles y la seguridad nacional, dejando siempre a la ONU en un segundo plano.
Pero, a pesar de sus muchos fallos, la ONU retiene aún alguna utilidad importante. Sirve como espacio para que grandes potencias negocien y encuentren puntos en común, y permite a los Estados más pequeños expresarse, aunque por lo general sin ser escuchados. Sus operaciones humanitarias y de mantenimiento de la paz, aunque afectadas por los continuos recortes de presupuesto, siguen siendo una red de seguridad en regiones desatendidas. Históricamente la ONU ha gestionado crisis internacionales como las que se produjeron durante la Guerra Fría, el genocidio de Ruanda o la guerra de Irak, pero siempre ha conseguido adaptarse a un entorno cambiante.
La organización se ve lastrada por una pesada burocracia y por divisiones entre Estados. Los países occidentales abogan por fortalecer la prevención de conflictos y el mantenimiento de la paz, mientras que los países en desarrollo exigen una mayor atención en los aspectos económicos y critican el incumplimiento de compromisos de ayuda por parte de los Estados ricos. La parálisis del Consejo de Seguridad, producto del deterioro de las relaciones entre las tres potencias occidentales, China y Rusia, y la aversión al riesgo de Guterres no hacen más que agravar la situación.
La invasión de Ucrania y las amenazas de Trump de apropiarse del canal de Panamá o de Groenlandia ponen en entredicho los principios de la Carta fundacional de la ONU. Además, el ascenso de China y nuevas plataformas como los BRICS desafían la relevancia de la ONU en un mundo que camina hacia la multipolaridad.
A pesar de esto, la organización mantiene algunas ventajas: sus agencias técnicas facilitan la cooperación internacional, y el Consejo de Seguridad sigue siendo un canal de diálogo entre potencias, incluso en tiempos de crisis. Los Estados pequeños valoran la ONU como plataforma para hacerse oír, como demostró hace solo dos meses Mauricio con la disputa por las islas Chagos, resuelta finalmente en la ONU. Se critica a la organización por su ineficiencia, pero en operaciones de paz y ayuda humanitaria no tiene competidores. Los recortes limitarán su alcance, pero su utilidad podría ser reconocida en el futuro. Entra en su novena década de vida con mucha menos influencia, pero si mantiene su papel como foro diplomático, habrá que seguir teniéndola en cuenta.
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Lo flipante es eso del poder de veto… Com pasa siempre todos somos iguales, pero unos más iguales que otros…
Toma ya! Vaya análisis de trazo grueso!
O sea que el gerente de los ferrocarriles suizos es un experimentado ingeniero y el tal Álvaro Fernández Heredia es un “activista de Podemos” sin experiencia en gestión… vamos que lo de Doctor Ingeniero de Caminos investigador es solo una anécdota en su CV.
Que es un cargo de designación política no hay duda, así es. Pero meterlo en el mismo saco que Koldo García, este sí, metido torticeramente como asesor de renfe… en fin. Es cierto que tradicionalmente estos cargos suelen ser destinos de cuadros del partido (PP, PSOE, IU…) que hay que colocar en algún sitio porque no consiguieron la alcaldía o el escaño de turno. Pero cuando Podemos/asimilados llego al poder, en el municipio de Madrid en concreto, no existían tales cuadros y se tiró, al menos en este caso, de gente (afín) de la academia. Llámame radical, pero no me parece mala estrategia. También desde la perspectiva de que la academia salga de los campus y se moje en la gestión pública.
Lo de que no se tiene “experiencia en gestión” para criticar un nombramiento podríamos ir dejándolo ya porque nos estamos perdiendo a muchos (y sobre todo a muchas) especialistas en su materia que probablemente lo harían mucho mejor que los “gestores profesionales”. Pero bueno que después de pasar por la gerencia de otras dos empresas públicas de transporte igual se le puede reconocer ya cierta experiencia.
Y a todo esto, lo que se quiere criticar son las medidas de gratuidad que fueron tomadas antes del desempeño de esta persona en RENFE y el Ministerio de Transporte y con las que dudo que, como especialista en planificación del transporte, esté de acuerdo.