Las guerras del opio

A mediados del siglo XIX, entre los años 1839 y 1858, el imperio británico y Francia libraron dos guerras contra la China de la dinastía Qing. La primera tuvo lugar entre 1839 y 1842, y estuvo motivada por la feroz campaña que desató el emperador de China contra el contrabando de opio que entraba en el país. Ese contrabando lo realizaban los mercaderes británicos y ganaban con él muchísimo dinero. En China el opio se consumía de forma habitual desde mucho tiempo antes. Hasta principios del siglo XIX estaba reservado a las élites refinadas de las grandes ciudades, que habían desarrollado refinadas ceremonias para su consumo, pero la abundancia que trajo el activo comercio internacional de finales del siglo XVIII hizo que el hábito de fumar opio se extendiese por todas las clases sociales. Eso alarmó al Gobierno, que contemplaba como una parte nada desdeñable de la población se había convertido en adicta a este narcótico desatendiendo de paso sus obligaciones. El emperador Daoguang concluyó que no quedaba otro remedio que acabar con el tráfico de opio, pero eso arrebataba a los británicos su principal fuente de ingresos en las costas chinas.

El Reino Unido era muy dependiente de ese comercio porque con el dinero obtenido por la venta de opio compraba todo tipo de mercancías de lujo en China como porcelanas o sedas que luego sus comerciantes vendían en Europa con un margen muy abultado. Cultivaban adormidera en sus dominios de la India a un coste muy bajo e introducían el opio en China, donde estaba prohibido desde 1729, en connivencia con las autoridades locales que se dejaban corromper fácilmente. La campaña de Daoguang no era una simple prohibición, se trataba de algo mucho más ambicioso, perseguía eliminar por completo el comercio de opio, de modo que confiscó directamente los cargamentos británicos para destruirlos. Eso en Westminster no sentó nada bien. Si perdían los ingresos del opio, el imperio y el pujante mercado de la City londinense lo notarían en el acto. Exigieron una compensación y, como el emperador no se avino a ella, enviaron una escuadra al mar de la China meridional para que bombardease varios puertos como castigo. Esta primera guerra concluyó con el tratado de Nankín en virtud del cual China se comprometía a pagar las reparaciones oportunas y cedía la isla de Hong Kong al Reino Unido.

Años más tarde, en 1856, los chinos capturaron a un barco británico cargado con opio y encarcelaron a su tripulación. Eso bastó para que la Royal Navy se lanzase sobre el puerto de Cantón. Esta vez los británicos consiguieron apoyo de los franceses. Ambas potencias trataban de asegurar el lucrativo mercado chino y necesitaban puertos seguros en los que operar. La guerra les daba la oportunidad que estaban esperando. Tanto el Reino Unido como Francia disfrutaban de una tecnología bélica muy superior a la de China, así que el ejército de emperador fue otra vez derrotado y su Gobierno se vio obligado a firmar el tratado de Tianjin, en el que el emperador accedió a pagar reparaciones, a abrir puertos al comercio con Europa y a legalizar el comercio de opio. Ambos tratados, el de Nankín y el de Tianjin, fueron bautizados junto a otros muchos que China tuvo que firmar con otras potencias europeas como los “tratados desiguales”. Esta humillación, que aún resuena en la China actual, tuvo profundas consecuencias políticas dentro del país y fue de capital importancia en el fin del imperio a principios del siglo XX.

En El ContraSello:

  • La esclavitud en España
  • El románico palentino

Bibliografía

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