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Los asedios de Malta

Malta es un archipiélago diminuto compuesto por tres islas principales de apenas 320 kilómetros cuadrados de superficie. No tiene ríos, hay muy poca tierra fértil y escasea el agua. Por lógica, un lugar así no debería ser muy deseable y su papel en la historia tendría que haber ido parejo a su tamaño. Pero ocurrió lo contrario. Su posición en el centro exacto del Mediterráneo, a la entrada del canal de Sicilia, donde el mar se estrecha y se parte en dos cuencas, convirtió a Malta desde tiempos lejanos en una de las islas más codiciadas. Quien dominaba Malta dominaba ese brazo de mar y podía asfixiar el comercio. Llegó a ser tan importante que en la segunda guerra mundial se ganó el apodo de portaviones insumergible. A ese valor se sumaba el de contar uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, situado en la costa norte, donde los caballeros de San Juan levantaron la ciudad fortificada de La Valeta.

Cinco grandes asedios han definido su historia. El primero fue en el año 870, cuando los aglabíes de Ifriqiya arrasaron la ciudad bizantina de Melita tras un sitio dirigido por el ingeniero Halaf al Hadim. La plaza fue saqueada, sus murallas demolidas y su población esclavizada o pasada a cuchillo. Los conquistadores no querían quedarse, solo neutralizar la isla. Décadas después la repoblaron colonos musulmanes llegados desde Sicilia que dejaron una herencia permanente, el maltés, único idioma semítico escrito en alfabeto latino de la Unión Europea.

El segundo asedio fue el de Mdina en 1429. Una flota hafsí proveniente de Túnez desembarcó unos 18.000 hombres como represalia por una incursión aragonesa realizada poco antes en las costas africanas. La vieja capital resistió tres días encaramada en su cerro, pero el enemigo saqueó el resto de la isla y se llevó miles de cautivos. Malta tardó décadas en recuperarse de aquel golpe demográfico.

El tercero, el Gran Sitio de 1565, es el más conocido. Solimán el Magnífico envió entre 40.000 y 50.000 hombres contra los 6.000 u 8.000 defensores de la Orden de San Juan capitaneados por su gran maestre, el anciano Jean Parisot de la Valette. El sacrificio del fuerte de San Telmo, que aguantó un mes y costó miles de bajas otomanas y la vida del corsario Dragut, dio tiempo a que llegara el socorro español desde Sicilia. Los turcos se retiraron en septiembre tras cuatro meses de sitio.

El cuarto fue distinto. En 1798 Napoleón tomó la isla sin necesidad de disparar aprovechando la decadencia de la Orden. Pero su ofensiva anticlerical provocó una insurrección de los malteses. Los británicos declararon un bloqueo naval que obligó a rendirse a los franceses, pero solo después de dos años resistiendo tras los inexpugnables muros de La Valeta. Tras ello los británicos se apoderarían del archipiélago durante siglo y medio.

El quinto sitio llegó en 1940, pero esta vez no llegó ni por tierra, ni por mar, sino desde el aire. Los aliados habían transformado Malta en una base clave para interceptar los convoyes del Eje rumbo a África. Los alemanes la bombardearon durante años de forma inclemente, pero la isla no se rindió. Gracias a eso su contribución a la victoria aliada en el norte de África fue fundamental. Para reconocérselo el rey Jorge VI concedió la Cruz de San Jorge a toda la población de las islas, la misma cruz que hoy la república de Malta luce orgullosa en su bandera.

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Bibliografía

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