Revolucionarias

¿Hubo revolucionarias en la revolución francesa? Con nombre propio no muchas, pero las hubo. La historiografía del siglo XIX, escrita por una burguesía convencida de que el lugar de la mujer era el hogar, relegó a las revolucionarias a un papel secundario y anónimo. Los propios padres de la Revolución, sin importar que fuesen moderados o radicales, pensaban igual y las excluyeron de forma sistemática. Curiosamente el Antiguo Régimen había sido menos hostil, ya que en las elecciones a los Estados Generales pudieron votar las nobles titulares de un feudo y las comerciantes del Tercer Estado. En 1789 había en Francia unos 14 millones de mujeres, en su mayoría campesinas y analfabetas.

Aun así, estuvieron presentes desde el principio. Su gran jornada fue la marcha sobre Versalles del 5 y 6 de octubre de 1789. Las vendedoras de los mercados parisinos, hartas de la escasez de pan, obligaron a la familia real a instalarse en las Tullerías, y ese fue el verdadero punto de no retorno de la Revolución.

Pero la Asamblea Constituyente les negó el voto, el acceso a cargos públicos y el derecho a portar armas. En 1790 Condorcet, inspirado por su esposa Sophie, publicó un ensayo a favor de sus derechos políticos. Un año después Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Enfrentada a Robespierre, fue guillotinada en noviembre de 1793 tras intentar en vano quedarse embarazada para aplazar la ejecución.

La revolución devoraba a sus hijos, pero también a sus hijas. Cinco días después fue ejecutada Madame Roland, alma de los girondinos, que gobernó el ministerio del Interior a través de su marido y creo el primer órgano de propaganda de la historia. Su enemistad con Danton contribuyó a hundir a la Gironda. Subió al cadalso exclamando «¡Oh libertad, cuántos delitos se cometen en tu nombre!». Su esposo se suicidó al conocer la noticia. Una suerte distinta, pero no menos trágica, corrió Théroigne de Méricourt, una agitadora un tanto exaltada, que fue azotada en público por un grupo de jacobinos tras criticar a Robespierre y terminó sus días enloquecida en un manicomio.

Pero la mujer más célebre de la revolución no era una revolucionaria en sentido estricto, tampoco una contrarrevolucionaria. Se llamaba Charlotte Corday, era una joven normanda de simpatías girondinas que viajó a París convencida de ser una nueva Juana de Arco para asesinar a Marat. Le apuñaló en su bañera el 13 de julio de 1793 y fue arrestada en el acto. Serena y teatral durante el juicio, la guillotinaron el 17 de julio. Su crimen reforzó momentáneamente a los jacobinos, pero el ambiente que rodeó su ejecución anticipaba ya la reacción de Termidor.

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.